Ya se me ha pasado, en parte, la rabia contenida por la marcha de Nano. Me duele como te ha dolido a ti, a Martí o a todo aquel que sienta que se nos va parte de una ilusión deportiva. Ahora es tiempo de desearle toda la suerte del mundo y esperar que, en estos cinco años, demuestre lo que vale para equipos de más categoría se fijen en él.
Nano tuvo ayer un gesto de hombre. De señor. Contó la verdad, algo que ha dolido a quienes faltan a ella continuamente. Y como un señor que es no se escondió y acompañó a un Miguel Concepción que dio un golpe sobre la mesa y demostró que, cuando varias circunstancias se dan, es imposible retener a un futbolista que también pedía a gritos marcharse (empujado principalmente por sus representantes). Me gustó su discurso, me creo sus lágrimas de pena por dejar al club de su vida y me emociona la carta que escribió dando las gracias a la sociedad blanquiazul en general.
Porque este es el Nano del que debemos sentirnos orgullosos, el que se rompió la cabeza en Hospitalet y Heliodoro y al que veremos partírsela en Ipurúa en alguna ocasión más. Nano trabajador, currante, que tiene el sueño de no esperar mucho más para poder darle una vida mejor a su familia. Se ha echado esa mochila al hombro y con esa responsabilidad se hará más maduro como futbolista en LaLiga.
Solo me queda decirle que a mi, como al resto, nos encantaría que algún día volviera a vestir esta camiseta. Y que estoy seguro que si esa oportunidad surge no lo dudará ni un solo segundo. Disculpa si alguna vez mis letras te dolieron. No somos de piedra. Eso ya está olvidado. Pasado es como tu paso fugar este año por el Tenerife. Zorte ona, Nano. El telón del mejor fútbol mundial se abre para que, a partir de ahora, aparezcas en escena.