Por @beatrizpalmero
Decía el psiquiatra y psicólogo Carl Jung que “el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra”, es decir, que “no hay receta de la vida que vaya bien para todos”. El actual Tenerife (aunque debería decir el de siempre, o el fútbol en sí) es un gran ejemplo de ello. Ninguna receta para solucionar su mal momento pone de acuerdo a todos los que degustan el menú blanquiazul a diario.
Lo llamativo del caso es que, según las épocas y momentos, los gustos cambian. Si a uno antes le gustaba lo dulce, ahora prefiere lo amargo, y si disfrutaba lo salado ahora muere por lo desabrido. Y yo, que quieren que les diga, tengo unos gustos más definidos. Vamos, que me gusta llevar siempre el mismo número de zapatos, y que no tengan demasiado tacón, que luego los sufro si son más pequeños o paso demasiado tiempo de puntillas. Y hace un año hubiéramos clamado al cielo por un arbitraje como el de Lesma López en Lugo. Ahora nos parece una excusa. Es cierto que hablar de árbitros siempre deja cierto regusto desagradable en la boca. Porque, a fin de cuentas, aunque todos coincidamos en que no fuera córner, luego hay que saber defenderlo. Eso es obvio. Tan obvio como que fue un arbitraje influyente en el resultado. Así que no entiendo por qué algunos se empeñan ahora en decir que el Tenerife sólo calza excusas, cuando hay argumentos. Argumentos que no hubo en Palamós, por ejemplo. Esa actuación es inexcusable.
Tampoco me cuadra que ahora todos los problemas tengan que calzar el mismo zapato que el que lleva Cervera. Está claro que no ha encontrado remedio a la irregularidad de su equipo. Que está tardando más que la temporada anterior en dar con la tecla definitiva. Pero a este paso, hasta será culpa suya que llueva en día de partido. Ni siquiera lo he visto sacar de la caja los zapatos sobre las numerosas (e importantes) bajas de su equipo, aunque desde fuera seguimos hablando de excusas. Y me vuelvo a poner en situación. Si el año pasado, tras una buena racha, hubiéramos perdido a Ayoze durante cuatro partidos, clamaríamos también al cielo. Y si nos quedásemos, además, sin Ricardo y Aitor para un partido, igual hasta invocábamos a los dioses suplicando un poco de ayuda divina.
En el escaparate queda también el tema de la división del vestuario. Es obvio que los pares no son tan homogéneos como en otras temporadas, en las que los zapatos tenían un mismo perfil. Este año se quería desfilar en Cibeles y se han traído perfiles diversos. La dirección de grupo se complica y más si tenemos en cuenta que algunos modelos no encajaban en el estilo diseñado. Probablemente Cervera, que ha intentado (como siempre ha hecho, con mayor o menor acierto) corregir los errores, haya tenido que esforzarse el doble para que todos remen en la dirección que él desea. Probablemente, incluso, lo siga haciendo. Pero sólo hay que prestar especial atención a los desfiles de cada día. El grupo sigue con el entrenador. Un pie detrás del otro sobre la pasarela. A algunos les parece inexplicable. Yo creo que la tormenta exterior lo facilita. Y creo que hace falta que, como ha hecho ya Vitolo, el grupo se explique un poco más para que desde fuera se entienda algo que, en ocasiones, parece tan caprichoso como la moda.
Pero muchos siguen empeñados en estrenar zapatos nuevos, ajenos, que no lleven el sello de Cervera. E intentar convencer a los demás que es la única forma de sentirse como niños y olvidando que muchos en ese vestuario tienen calzado hechos a una horma concreta. Y que a un futbolista no le vale cualquier bota, que para eso ya se lo rifan las marcas. Mientras el grupo esté convencido de lo que hace, tendré fe. Que de mis zapatos ya me ocuparé yo. Y de clamar al cielo, ya que algunos se han olvidado de que el azar no gira en torno a Cervera. Ya le gustaría a él. Tanto como que sus zapatos no le resultaran tan estrechos a la afición de su equipo. Pero, ya lo dijo Jung, y él lo sabe. Sus zapatos sólo los puede llevar él. Y lo compadezco por eso, porque no me gustaría tener que usarlos ni un solo día. Sólo estoy cómoda en los míos.