Por @beatrizpalmero
La última vez que había estado en Vallecas fue el 4 de abril de 2009. Fue el primer viaje de trabajo que hice con la Televisión Canaria el año que el Club Deportivo Tenerife lograría el ascenso a Primera con José Luis Oltra. Nunca olvidaré aquel día. Recuerdo sentarme junto al banquillo visitante y mirar frente a mí aquella grada llena de blanquiazules. Recuerdo haber recibido un café reconfortante en el descanso para paliar el frío y haber sufrido durante el partido porque el empuje de los blanquiazules no tenía recompensa. El encuentro acabó 0-0 pero aquel punto servía para auparse a la segunda plaza y las sensaciones fueron tan buenas que sólo había buenos presagios a la vista. Aquel equipo iba a más y la afición se fue feliz.
Ocho años más tarde volví al emblemático barrio madrileño, un año en Primera, un par de descensos y un par de años en el infierno de Segunda B después. Esta vez era parte de esa grada que años atrás contemplaba embelesada. De nuevo, un Tenerife aspirante, de nuevo un empate. Pero ni rastro de aquellas sensaciones.
A diferencia de aquel Tenerife de Oltra, este es más conservador. Los equipos, de alguna forma, se parecen a sus entrenadores, y el valenciano era de los que miraba siempre la portería contraria. Tenía artillería para eso: Nino, Alfaro, la magia de Kome… Curiosamente, a otra escala, este Tenerife también tiene artillería: Amath, Aarón, Choco… al menos en teoría. Pero si aquel Tenerife sólo miraba hacia arriba, este es más de nadar y guardar la ropa. Lo demostró en Vallecas, donde se conformó con el punto. Era valioso, por supuesto, pero los jugadores salían tranquilamente en los cambios, sin prisas, dejando correr el reloj. Primero el punto que la ambición de ir a por los tres. Y es en esos detalles donde se ve que el equipo se conforma con poner tierra de por medio con el séptimo que en recorrer la que le separa del segundo. No le culpo por ello. La historia reciente del Tenerife invita a asegurar el pájaro en mano que los ciento que andan volando. Y Martí es el primero en encarnar esa idea. De ahí su persistencia en el trivote (ahora camuflado en un 4-2-3-1) en el que el apartado “creador” queda en manos de Vitolo y Alberto, sacrificando a un enorme Aitor Sanz al que le cuesta jugar de espaldas.
El domingo me pregunté en Vallecas si el Tenerife de hace ocho años habría dejado en el banquillo a jugadores como Rachid o Gaku, que quieren más la pelota, o en casa a un artillero como Choco Lozano aunque esté en horas bajas. Y me vino una imagen como respuesta. La de Dani Kome repantigado en la colchoneta de Tíncer de lunes a jueves y su reactivación el viernes para entrar en la convocatoria.
Pero también me vino otra sentencia a la memoria: las comparaciones son odiosas. Mucho. Este Tenerife sabe sufrir. En Madrid lo demostró una vez más. Y, sobre todo, tiene un enorme amor propio. Pero, por encima de todo, tiene de nuevo a una afición ilusionada detrás. Y ser parte de eso otra vez me cura la nostalgia. Sé que este equipo se dejará la piel en el césped y, pase lo que pase, eso es lo que importa.