por @juanjo_ramos
Volver al Heliodoro es, en cierta forma, volver a casa. El sentimiento debe ser parecido al del joven estudiante que se encuentra en una Universidad de fuera y regresa a la Isla por Navidad. Te embarga ese sentimiento de emoción y alegría, esa sensación de estar en tu hogar, en el hogar de todos los birrias. Puede que los ocasionales y los nuevos no lo entiendan. Pero los que vamos allí cada quince días o aquellos que espacian más sus presencias en el templo blanquiazul obligados por sus circunstancias personales, laborales o económicas sí.
Volver al Heliodoro es volver al escenario de un puñado de recuerdos de tu vida. Allí has vivido decepciones y enfados claro, pero te has llevado algunas de las mayores alegrías. Los que se dirigen a los 40 o han superado esa barrera estuvieron, probablemente, en la promoción contra el Betis. Yo la recuerdo con una mezcla de miedo y pasión. Miedo porque creía que las tablas de la vieja Herradura se podían venir abajo de los botes que pegamos. Pasión porque mi Tenerife, al que solo había visto en Segunda B y Segunda, podía ascender a Primera.
Volver al Heliodoro con la comodidad de entrar cinco o diez minutos antes del partido es recordar que en los 90, sin asiento reservado en la mayoría de gradas, entrabas hasta dos horas y media antes para no coger un sitio a ras de hierba y poder disfrutar de la visita del Real Madrid, el FC Barcelona, el Athletic… de todos aquellos equipos a los que solo veíamos por la televisión. Con la gorra, la bufanda y hasta la bandera salía de casa, bajaba por el Parque La Granja y llegaba al estadio para esperar más de lo que luego duraría el partido hasta su comienzo.
Volver al Heliodoro es revivir las dos ligas que le quitamos al Real Madrid, con aquel estallido que sacudió la Isla con el autogol de Rocha, o el cabeceo de todos los blanquiazules para ayudar a Dertycia a hurgar en las pesadillas de Buyo al año siguiente. Es disfrutar con aquel marcaje de César Gómez a Ronaldo Nazario el día del 4-0 o celebrar una permanencia con aquel penalti transformado por Jokanovic cuando ya habíamos sido ricos y nos parecía poco quedarnos en Primera.
Volver al Heliodoro es ver pasar por allí al Auxerre, al Olympiacos, a la Juve, al Maccabi, al Feyenoord, al Brondby, al Schalke y a la Lazio, con aquella remontada inolvidable. Ese 5-3 que un buen birria siempre mantiene fresco en su memoria.
Volver al Heliodoro es agachar la cabeza para levantarla enseguida porque nuestro equipo volvió al pozo de la Segunda B 25 años después. Pero allí estábamos. Enfadados como cuando un hermano o un hijo te decepciona, pero sabes que no puedes dejarlo solo.
Volver al Heliodoro es vibrar porque le has ganado al Hospitalet y sabes que el regreso al fútbol profesional está a un paso. Es saber que cuando va Las Palmas allí hay que gritar más fuerte y animar más para que no se lleven puntos de nuestra casa. Es recordar los goles de Iriome, a Kome dejando pasar el balón para que marque Richi, aquella maravilla de dibujos animados de Nino, el doblete de Ayoze Pérez…
Volver al Heliodoro este sábado será alimentar un sueño, el del ascenso, que nadie puede borrar. Ni siquiera dos empates consecutivos a domicilio. Porque sabemos que el Tenerife es más Tenerife en casa, con nosotros, entre las paredes de un lugar mágico.