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Viven

Por @rondoscutillas

El Tenerife se reencontró en Albacete, por fin, con la victoria que tanto perseguía fuera de casa. La proeza sirve para detener una sequía de más de cuatro meses sin sumar de tres en tres lejos del Heliodoro y, sobre todo, caló más hondo por la manera épica en la que obtuvo ese triunfo tan buscado como necesario (1-2).

Los blanquiazules ganaron cuando lo tenían todo en su contra. Otra lesión muscular de su goleador, otra vez que el rival se adelanta en el marcador por una acción mal defendida, otro penalti fallado, otro expulsado por doble amarilla y, lo que es peor, la sombra de una nueva debacle que se les venía encima en forma de avalancha de críticas y reproches por lo que ya se adivinaba como el enésimo fracaso del presente ejercicio como visitantes.

Salió airoso el grupo que dirige José Luis Martí por no rendirse ante la adversidad cuando, lo sencillo, era despeñarse otra vez por la misma montaña que había sido incapaz de escalar cada vez que salía fuera de la isla. Porque esta vez, además, no tenía una coartada. Ni dos. Sino muchas más. Y todas concurriendo de manera simultánea en el mismo partido.

Sin embargo, cuando todo apuntaba a que esta vez tampoco habría supervivientes, se obró el milagro. Como en la novela de Piers Paul Read que narra cómo logran salir adelante, bajo condiciones realmente extremas, los integrantes de un equipo de rugby uruguayo cuyo vuelo se estrella en la cordillera de Los Andes en 1972, el Tenerife también aprovechó su oportunidad para empezar a demostrar que es capaz de sobreponerse a situaciones muy complicadas. Que ya es capaz de remontar un marcador adverso y que, incluso, todavía tiene arrestos para seguir recorriendo el duro trayecto que aún lo separa, por sus propios errores, del objetivo de este curso.

Ha terminado la primera vuelta y el fuego que arde en este pleno invierno de enero es francamente insuficiente. Esta llama no alumbra en fútbol, ni tampoco calienta en puntos. Todos tenemos claro que con la trayectoria que ha descrito el Tenerife por ahora no se va a ningún lado, al menos a ninguno que no sea quedarse en mitad de la escalera cuando acabe la Liga. Y que el rendimiento de la mayoría de los futbolistas por el momento, salvo honrosas y contadas excepciones para las que sobran algunos dedos de una mano, también es manifiestamente mejorable.

Ahora, igual que pasó el domingo en el Carlos Belmonte cuando ya no había nada que perder, ha llegado la hora de ser valientes. De ir a Zaragoza a ganar. De huir del miedo al fracaso con otro buen resultado. O, como mínimo, de dejarse el alma intentándolo.

El triunfo en Albacete abre la posibilidad de construir una racha positiva. Se ha creado la oportunidad de reivindicar las verdaderas opciones de un grupo que debe dar más de lo que ha ofrecido. Pueden empezar por demostrar en La Romareda que, ganar por fin fuera de casa, no fue flor de un día. Porque, a mi juicio, los integrantes de esta plantilla tienen que explotar su talento y competir más y mejor. Están en la obligación de demostrarnos que tienen coraje y amor propio. Que de verdad quieren ir hacia arriba y que, como los jugadores de rugby uruguayos cuya historia cuenta la novela de Piers Paul Read, aún viven.