Redacción Deporpress | Hay pecados difíciles de purgar. Esa autocomplacencia que, a menudo, ha mostrado el Tenerife en la presente temporada complica hasta que te enchufes cuando quieres. El de este sábado era un equipo que quería, pero que no pudo. Se encontró con un gol a favor nada más empezar y eso, en lugar de traer confianza, provocó dudas. ¿Vamos o no? Tan laxa fue la presión alta, un clásico de toda la Liga, que no robaron los blanquiazules. Alberto y Aitor Sanz se movían como pez fuera del agua en el medio. Siempre llegando tarde, conteniendo poco y anticipando nunca. Así rondó siempre situaciones de gol el Alcorcón. No es que creara oportunidades claras, pero sí estuvo cerca del área. Y así se expuso el Tenerife a disparos de media distancia, centros o alguna situación como la que desembocó en el penalti.
Vamos, que no fue un equipo sólido. De esos que están siempre más cerca de dejar el cero en el casillero de goles encajados. Muy al contrario, el 1-1 se olía. Segundo problema: si no robas, no sorprendes. Los ataques de 80 metros, encima sin un iniciador de calidad como Luis Milla, te hacen más previsible. La segunda parte fue un más de lo mismo, con un Tenerife desconocido y que se sentía inferior. Nunca tuvo el balón ni controló la situación. Pero en la Segunda División siempre tienes una oportunidad. El cansancio alfarero dio aire a los de Etxeberría en la recta final, pero ahí faltó claridad y ambición.
La lectura, por tanto, es sencilla: buen punto viendo el partido, mal punto si lo que se pretendía era dar un golpe sobre la mesa. Etxeberría tiene mucho que mejorar. Incluso, su conocimiento de la plantilla. Hay situaciones, como la ubicación de Alberto como eje o el protagonismo de Casadesús, que no se sostienen.