Por @beatrizpalmero
He pasado las dos últimas semanas escuchando historias, anécdotas, análisis sobre Johan Cruyff y viendo cómo se suceden los homenajes. Hemos tenido la suerte de ver cómo ha crecido su legado, y como su controvertida y poderosa personalidad dejó huella allí por donde fue. Yo recuerdo aún la primera vez que lo vi, con su gabardina de Inspector Gadget en el banquillo del Barcelona, aquel Barcelona que, con apenas once años me empezaba a enamorar, casi al mismo tiempo que empezaba a jurarle amor eterno a este juego que llamamos fútbol.
Recuerdo preguntarle a mis padres por él. Entonces me contaron que fue un jugador fuera de serie y que lideró a una Holanda espectacular a la que llamaban la Naranja Mecánica. Y entonces, la pregunta inevitable: “- ¿Pero ustedes lo vieron jugar? – Pues claro, era un fenómeno, como ahora”. Pero a mí el 74 me parecía la prehistoria.
Mis padres no sólo me contaron historias sobre Cruyff. Me hablaron de otros grandes jugadores, como Pelé o Di Stéfano, a los que ellos también vieron jugar. Y otras muchas historias sobre Luis Aragonés, entonces entrenador del Atlético de Madrid, a las que siguieron mil más. Yo veía a aquellos hombres y, al saber que mis padres los habían visto jugar pensaba, pero qué mayores son…
Ahora me sonrío. Veo los banquillos de los equipos de nuestro país e, ironías de la vida, ahora la mayor soy yo. Recuerdo la primera vez que vi a Luis Enrique. Pisó el Heliodoro con la camiseta del Sporting, antes de pasar por Real Madrid y Barcelona, y antes de que Tasotti le dejara un recadito en la nariz. Me asombré con el gol de Zinedine Zidane en la final de la copa de Europa ante el Bayern Leverkusen, y vi al Cholo Simeone liderar al Atlético del doblete, a Valverde triunfar en el Athletic o a Abelardo convirtiéndose en un valor seguro en el centro de la defensa blaugrana.
Mi trabajo me ha permitido entrevistar a ras de césped a Albert Ferrer, que defendió los colores blanquiazules antes de triunfar como culé y figurar en el Dream Team de Cruyff, igual que a Sergi Barjuán; a Quique Setién, al que yo vi jugar con la camiseta del Logroñés en sus últimos años; disfruté en rueda de prensa a Pep Guardiola, aquí en el Heliodoro, no hace tanto. Y ahora le hago, cuando se tercia, preguntas a Martí al que, madre mía, también hice preguntas como jugador.
He visto pasar muchos entrenadores, no sólo por el banquillo del Tenerife, también por el visitante. Los que han sido jugadores, los que forman parte de nuestra memoria futbolística particular, tienen un halo especial. Puedes entender mejor su forma de ver este juego, puedes asociarlos a unos valores concretos que exhibieron como jugador, te permite admirarlos antes de ver cómo se desenvuelven detrás de las líneas de cal. Son, tal vez, más cercanos, por el simple hecho de que formaron parte de algo que te hizo sentir en un momento determinado.
Martí está bendecido por ese algo especial, por haber formado parte de un Tenerife inolvidable. A su llegada trajo recuerdos cálidos y, favorecido por esas buenas sensaciones, ha podido construir poco a poco algo que genera ilusión. Y adivino que, a aquellos que lo vimos jugar, nos costará verlo con ojos distintos. Tal y como a mi padre le costaba separar al Cruyff jugador, aquel «chico alto y espigado, que se movía como un diablo», del Cruyff entrenador. Claro que en ambos campos era un fuera de serie. Cuestión de genio.