Por @rondoscutillas
El Tenerife se topó el sábado con Díaz de Mera. No era la estrella del Huesca. Ni tampoco un muro. Era, simplemente, el árbitro del partido. Otro de esos colegiados que, aprovechando la caja de resonancia que supone un partido importante en el Heliodoro, trata de ponerse en el escaparate para promocionarse. No es el primero. Y, por desgracia, me temo que no será el último.
En ese mismo afán narcisista recuerdo, por ejemplo, a Pérez Montero, que pitó un penalti inexistente al Elche que supuso que el Tenerife de José Luis Oltra se quedase sin subir en la primera temporada del técnico valenciano en la isla. Díaz de Mera está desde el pasado sábado en ese mismo pedestal, el del juez que, por ir de sobrado y más pendiente de su lucimiento personal, se equivoca gravemente. Comprendo que errar es de humanos y todos lo hacemos en nuestro quehacer profesional casi a diario. Pero regodearse en la autoridad que se ejerce amparado en el poder que le otorga su silbato es, sencillamente, de macarra.
Lo peor es que a los que designan a los colegiados cada fin de semana, que curiosamente son los mismos que luego deciden quiénes merecen ascender a Primera, les encantan estos árbitros con ‘personalidad’ y ‘valentía’. Esos adjetivos suponen un auténtico eufemismo a la hora de calificar a los que, normalmente, toman decisiones en contra del equipo de casa y pierden los papeles cuando, arrastrados por la trascendencia de estas, desquician realmente a los verdaderos protagonistas de este deporte: los futbolistas.
En el otro lado quedamos los aficionados. Pagamos por ver fútbol. Pero les importamos un pimiento a los que lo manejan. Esta Liga la preside un señor, llamado Javier Tebas, que proclama a los cuatro vientos que este año van a subir a Primera el Zaragoza y el Huesca. Y que tampoco oculta su madridismo cuando se trata de hablar del fútbol de elite.
La palabra neutralidad parece no existir en su diccionario. Y así le va, orgulloso de sembrar una tempestad tras otra. ¿Se imaginan al presidente de la NBA diciendo que este año van a ganar el anillo los Warriors? No, seguro que no. Ni David Stern antes, ni Adam Silver ahora son tan torpes, aunque lleven alguna franquicia en el corazón. Primero porque sembrarían la sombra de la sospecha sobre su propio negocio. Y segundo porque, sencillamente, estarían restándole toneladas de emoción al campeonato que dirigen y perjudicando el producto que, luego, venden a cientos de televisiones en todo el mundo.
Tebas es distinto. Está por encima del bien y del mal. Es omnipotente. Se permite esas licencias y pone a la LFP, de la que dice que aspira a convertir en el mejor campeonato del planeta, al nivel de un torneo aficionado o amateur en el que los que lo dirigen, normalmente, muestran también abiertamente su simpatía por alguno de los equipos participantes. Pero, ojo, los culpables de esta situación son los propios clubes de fútbol que, una asamblea sí y otra también, siguen respaldando su gestión y aplaudiendo con las orejas sus decisiones.
No creo en las conspiraciones. Ni tampoco considero que el Tenerife no vaya a subir este curso por Díaz de Mera. O por Javier Tebas. Ni mucho menos. Solo enfatizo en que, en la última jornada, se perjudicó considerablemente a los blanquiazules con la señalización de un penalti inexistente, tal y como corrobora Competición al retirarle la segunda amarilla a Carlos Ruiz, o al obviar unas claras manos de Melero. Tengo muy claro que ese partido, de haber sido de 11 contra 11, no lo pierde el Tenerife.
Lo pasado no vuelve, así que habrá que pasar página y pensar en cómo ganar a un Rayo que lidera la categoría, pero que ha ganado sus tres últimos partidos por la mínima. Triunfar en Vallecas es complicado, pero no imposible. Especialmente porque, si el once que elija Etxeberria es capaz de cuidar todos los detalles y no da facilidades, habrá partido. Mientras tanto, a los que aún nos dura el cabreo por lo ocurrido ante el Huesca, solo nos queda resignarnos. Eso y rezar para que los errores actuales se minimicen cuando el plenipotenciario Tebas tenga a bien entrar en el siglo XXI e implantar, de una vez por todas, el videoarbitraje.