Por @beatrizpalmero
Decía el filósofo Francis Bacon que “el verano es como la belleza, demasiado efímero”. No conozco a nadie que pueda llevarle la contraria al pensador británico, porque el verano se nos escurre de las manos como la arena de playa entre los dedos.
A mí siempre me ha parecido una época maravillosa, cuando era chica porque suponía libertad, diversión y tiempo para hacer lo que quisiera, cuando era universitaria, porque me devolvía los aromas de la isla que tanto había echado de menos y, ahora, como trabajadora, porque me permite desconectar de la actualidad, por mucho que siempre acabes hojeando un periódico para ver qué sucede en este mundo de locos. Pero, sobre todo, porque desde que recuerdo, me parece que siempre es un periodo en el que relativizas la importancia de las cosas.
Cuando dedicas tiempo a ti misma y a los tuyos, te parece ridícula esa trascendencia que otorgábamos a los exámenes universitarios en los que parecía que se te iba la vida, esa magnitud que alcanza cada frase que te dice un compañero de trabajo, esa categoría a la que elevamos algo tan ajeno a nosotros como ese equipo al que dedicamos nuestras horas laborales y las que no lo son tanto.
En verano, ese tiempo que dedicamos, sobre todas las cosas, a vivir, a ser nosotros mismos fuera de corsés, clichés o expectativas ajenas, nos encontramos con que esas piezas encajan en la vida con mucha más naturalidad, sin esa dimensión que alcanza durante el resto del año y que, a veces, llega a aplastarte de tanto engrandecer lo que no son más que detalles.
En verano, es cuando nos damos cuenta de que son detalles, y de que los detalles están para disfrutarlos, cuando son placenteros, o para echar una media sonrisa cuando no lo son tanto. Así, disfruto con gran placer una copa de vino blanco fresquito y me resbala ese comentario en twitter que me hace un espectador que durante el año podría llegar a hundir el pequeño barquito que es un día cualquiera.
Y antes de que empiece la vorágine otra vez hago siempre propósito de enmienda de que en esta temporada no me va a pasar, no me voy a volver a desesperar con un vídeo hecho con demasiada prisa, un error en el rótulo, una derrota inoportuna del Tenerife, una guerra mediática que me hastía. Lo malo es que se que, antes de que llegue el próximo verano, ya habré visto una montaña donde sólo hay un grano de arena y ya me habré comido la rabia por la derrota dolorosa de turno. Menos mal que cada año tengo más capacidad de pararme, respirar y recordar ese espíritu veraniego y mucha menos de ahogarme en un vaso de agua. Será que me hago mayor. O simplemente, que siempre quiero que sea verano.