Redacción Deporpress | Juan Carlos Unzué se enfundó los guantes del CD Tenerife entre el curso 1997-1999, dentro de la útima fase blanquiazul en Primera División tras una etapa dorada. Con 54 años, el que fuera arquero del club tinerfeñista afronta una dura etapa en su vida, después de que se le detectara una esclerosis lateral amiotrófica (ELA). El jugador fue entrevistado en El País, donde habla de recuerdos y de su nueva fase en la vida.
Nuevo rumbo.- «He dejado de trabajar en lo que había sido mi vida: el fútbol. Ahora le doy sentido a mi vida de una forma muy diferente: visibilizando la ELA e intentando concienciar a la gente de qué es esta enfermedad, qué consecuencias tiene y en qué situación estamos los pacientes en este país. En estos momentos la movilidad ya es muy complicada para mí, sobre todo fuera de casa. Voy con una silla de ruedas desde el pasado marzo. Es una ayuda. Me da más autonomía y más seguridad. Ahora mismo no dudo a la hora de hacer un viaje a Pamplona, a Sevilla o a donde me apetezca. Luego hay cosas como secarme o vestirme para las que ya necesito la ayuda de mi mujer, que siempre ha estado muy cerca de mí y ahora, si cabe, está un poco más. Es la vida. Los pacientes de ELA tenemos que tener una gran capacidad de adaptación, porque los cambios son muy rápidos y prácticamente continuos».
Sigue siendo el mismo.- «Creo que no he cambiado demasiado. Siempre he sido una persona atrevida, valiente; los proyectos e ideas que tenía en la cabeza no han estado mucho tiempo ahí aparcados. En el momento que he sentido que había que tirarse a la piscina lo he hecho. Esa sensación de plenitud, de no reprocharme nada, me ayuda en estos momentos. Miro atrás y puedo hacerlo con mucha tranquilidad. Siento que he tenido una vida plena».
Bicicleteta.- «Sí, aún soy capaz de subirme a la bici de spinning, además de hacer algún paseo por casa. Voy activando mi cuerpo para que la ELA no se haga con él de forma más rápida. Y también porque cuando estoy en la bicicleta o caminando, aunque lo haga con mucha dificultad, me siento capaz. Eso, en el fondo, es lo que necesita cualquier ser humano: sentirse útil. Sé que un día voy a quedar inmóvil y mis capacidades cognitivas van a ser las mismas. Voy a tener que disfrutar de otra manera. Lo tengo asumido. Y ese saber lo que viene por delante me hace centrarme un poco más en el aquí y el ahora, y disfrutarlo al máximo».
Echar de menos el deporte.- «No, siempre me centré en lo que sí podía hacer y eso me ha ayudado ahora a vivirlo todo de forma natural. Mi mujer dice, por ejemplo, que vamos en el coche y me fijo en los ciclistas cada vez que me cruzo con uno de ellos. Y, claro que lo hago. Pero no con un pensamiento de ‘ay, qué pena’, porque ya no puedo hacerlo. He disfrutado mucho en estos 53 años. Le he exigido mucho a mi cuerpo en lo físico, también en lo mental; quizá no fuera lo más saludable, pero cuando lo pienso, digo: que me quiten lo bailao«.
Deporte y enfermedad, ¿vinculados?- «Yo se lo pregunté al doctor Rojas. Le pregunté si esa exigencia que yo le di a mi cuerpo no solo con el fútbol, también con la bicicleta, podía tener alguna relación. Y me vino a decir ‘puede que sí y puede que no’. Hay muchos enfermos que han tenido una vida muy activa, pero también otros muchos que han llevado una vida sedentaria. Así que el mayor problema de la ELA todavía es que aún no se saben las causas».
Ser dependiente.- «Nosotros pasamos la enfermedad en el domicilio. Y el principal problema con el que nos encontramos es que nuestra pareja es, en la mayoría de los casos, la que tiene que dejar de trabajar porque te tiene que cuidar. El segundo problema es que desde el momento en que somos diagnosticados pasan meses hasta tener reconocida la discapacidad o dependencia que nos corresponda. Uno pasa mucho tiempo intentando saber qué tiene; en mi caso, fue año y medio, por ejemplo; y los doctores, después de descartar otras enfermedades, no se van a equivocar. Porque a ti, en un momento dado, te tienen que decir que sufres ELA, una enfermedad que no tiene cura. Y que tiene una esperanza de vida de entre tres y cinco años. Por eso, qué necesidad hay de pasar por otro tribunal a los tres o cuatro meses para que te adjudiquen la incapacidad laboral. Si a todo esto sumamos la adecuación de una casa, que no puede tener escaleras ni bañeras, o la compra de instrumentos o tecnología para poder desplazarse o comunicarse, nos sale una cantidad enorme de dinero».
Comunicar la noticia a la familia.- «Fue, sin duda, el día más emotivo de todos. Creo que ha sido el único día que hemos llorado los cinco juntos. No fue fácil, pero al mismo tiempo fue un alivio. Mi mujer, María, y yo ya lo sabíamos desde julio del 2019; y se lo comunicamos a ellos en diciembre de ese año. Luego se lo conté a mis hermanos, a mis cuñados, a mi madre, con quien me preocupaba más el cómo decírselo que cuándo. Y fue un alivio también para mí».
Miedos.- «Hasta ahora, no. Y tengo dudas de que aparezca. Todos nacemos un día. Y un día morimos. Siempre he sido consciente, pero cuando te dan una esperanza de vida de tres a cinco años te das cuenta de que te han acotado tu tiempo en este mundo. Pero, si en algún momento me pongo a pensar en el futuro, de manera casi automática me devuelve al presente. Porque sé que ese futuro no va a ser en las mejores condiciones y, además, no está demasiado lejos. Eso me lleva a aprovechar el aquí y ahora a tope. Cualquier cosa que hago la disfruto al máximo».
Ley de la Eutanasia.- «Es importante tener ese derecho a una muerte digna, pero antes de decidir sobre esa muerte digna, lo que queremos es tener una vida digna. Entiendo a mucha gente que decida dejarse llevar. En nuestra enfermedad pasa especialmente cuando te hacen la traqueostomomía, una operación que normalmente te estabiliza. Cuando llegas a ese momento estás prácticamente inmóvil al 100%. Hay gente que decide que no se la quiere hacer. Lo respeto. Pero que el motivo no sea que tienes la sensación, o la certeza, de que eres un coste económico inasumible para tu familia. Eso es lo que no podemos consentir. Es el momento de que los políticos nos escuchen. No podemos seguir siendo invisibles».