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Una nueva aventura

Por @beatrizpalmero

 

Siempre lo tuve claro. Bueno. Miento. Tengo que ir más atrás, a ese momento en que los mayores comienzan a preguntarle a una niña qué iba a ser de mayor. Entonces mi respuesta, supongo, era sorprendente: quería ser arqueóloga. Y es que me había quedado enganchada a uno de tantos libros enciclopédicos con los que mi madre llenaba las estanterías para que lo tuviéramos todo al alcance de la mano en una era en la que Internet ni siquiera se imaginaba. Me colgué de unas páginas, en blanco y negro, de excavaciones, momias, pirámides… tan exóticas y fascinantes que deseaba ser parte de aquellas fotografías. Era una niña curiosa, para qué negarlo.

Pero los años en el colegio me dieron otra perspectiva, y a medida que iba pasando cursos fui descubriendo pasiones más tangibles. Una, escribir, sentarme a dar forma exacta a un sentimiento vago, a una experiencia concreta, a una historia imaginada; otra, ir cada domingo al Heliodoro e ir descubriendo todo lo que el fútbol traía consigo. Así que, a los doce años ya lo tenía claro. Sólo había una profesión que uniera ambas pasiones: periodista deportivo. Y así, cuando enfilé el Bachillerato con mi carpeta forrada de futbolistas tenía un objetivo definido. Y en el desarrollo de mis hobbies favoritos, inevitablemente, había mucho de mi pasión por leer todo lo que caía en mi mano, desde el Marca hasta el libro de poemas de turno que nos encargaban en clase. Y en esa pasión descubrí, otra, la de conocer la lengua, sus recovecos, sus historias, para escribir mejor, para apreciar mejor la literatura. Tuve, además, grandes profesores en este área. Primero Conchi, luego Mercedes y, especialmente, Luis Miguel (DEP) supieron despertar la curiosidad de aquella chica para que demandara más, y más, y más…

Tuve la suerte de lograr el objetivo después de mucho trabajo. Fui lo que siempre quise ser. Y he sido muy feliz. He disfrutado, no sólo del fútbol, sino de muchos otros deportes, en primera persona; he contado historias que antes sólo vivía como espectadora; he conocido a gente maravillosa por el camino e, incluso, a gente que admiré sentada en una butaca; he entrevistado a quienes en mi infancia y adolescencia sólo eran personajes que actuaban ante mí. He sido muy afortunada.

Y de repente, la vida me sorprende con una nueva oportunidad. Y me veo aquí, en esta encrucijada, dejando atrás un oficio para el que me preparé a conciencia toda mi vida, para vivir una nueva aventura sin ni siquiera buscarlo. Una aventura para la que, sin querer, también me he preparado durante todos estos largos años: enseñar todo lo que he aprendido en mis años de escritura y lectura.

Y reconozco una sensación agridulce porque me cuesta dejar atrás una etapa tan feliz. Y me hallo desorientada como aquella niña que cambió de colegio y de repente se vio sola en plena adolescencia. Como aquella joven que terminó su último examen de carrera con la angustia de saber que se abría ante ella una etapa desconocida. Como aquella periodista que se puso por primera vez delante de un micrófono y se quedó en blanco sin saber qué decir. Pero como entonces, sé que encontraré unos nuevos compañeros dándome un cariño inmenso, personas dispuestas a apostar por mí y fuerzas para demostrarme a mí misma que igual que valgo para el periodismo, valdré para la docencia.

Sé que nunca dejaré de ser periodista. Y sé que no puedo dejar esto del todo. Es un hasta pronto. No sólo a mis compañeros de Videoreport / Televisión Canaria. También a aquellos que, sin conocerme, me han dejado estos días el cariño de quien escucha y agradece el esfuerzo por hacer el mejor trabajo posible. Encontraré la manera de matar el gusanillo entre clase y clase. No podría hacerlo de otra manera.