Por @josefelipem
En agosto de 2006 Croacia iba a jugar un partido amistoso con Italia. Sería en Livorno, por lo que, para los más conocedores de todo lo que tienen que ver con el mundo de las gradas, la tensión estaba asegurada. Pero lo que los balcánicos tenían preparado, además de ser sumamente sorprendente, desencadenó un escándalo mayúsculo.
Pongámonos en situación. Livorno es una de las ciudades más comunistas de Italia. Compite con Bolonia y, sobre todo, con Pisa por ser el verdadero bastión rojo transalpino, por lo que es habitual ver banderas de la URSS, de Stalin, de Palestina y de diferentes lugares en los que los movimientos sociales, políticos y antifascistas tienen relevancia. Fue en Livorno donde un joven Cristiano Lucarelli, tras anotar un gol con su selección, fue al fondo de sus ultras y con el puño en alto mostró una camiseta del Ché Guevara, lo que le valió ser vetado por su selección.
Enfrente, la afición radical croata. Quizás una de las más violentas del Viejo Continente y, seguro, en la que más elementos ultranacionalistas y abiertamente profascistas se dejan ver. Muchos de esos radicales jamás han escondido su admiración por la Ustacha, una organización nacionalista croata, muy vinculada al racismo religioso, que colaboró con los nazis. En auel hervidero que fueron los Balcanes durante la Segunda Guerra Mundial, la Resistencia de aquel lugar, seguramente la más organizada y combatiente junto a la griega pese a tener menos publicidad que la francesa, se mostró siempre enfrente de un radicalismo croata que se consideraba superior étnicamente que sus vecinos. El odio a Serbia, en su día a Yugoslavia, era uno de sus principales rasgos. Estaba claro qué se iba a poder ver en Livorno aquella tarde-noche de partido.
En la grada que ocupan los grupos ultras del Livorno comenzaron a aparecer banderas de Yugoslavia, así como del Partido Comunista Italiano y de la URSS. Los croatas empezaron a insultar (alguno de ellos llevaba el típico tocado negro de la Ustacha), pero, como forma de provocación, tuvieron otra idea: iban a hacer una esvástica humana.
De esta forma, los seguidores visitantes se situaron de tal forma que lograron componer el símbolo más identificable del nazismo, provocando la ira de los hinchas italianos y logrando que aquello trascendiera que, obviamente, era lo que querían. La Federación Croata dio la cara desmarcándose de la situación. «Ni organizamos el viaje ni consideramos a esas personas verdaderos aficionados croatas», dijo el secretario general de la Federación, Zorislav Srebric, alejándose completamente de lo ocurrido. Para colmo de males, las cámaras de televisión habían grabado el momento.
En el lado de sus aficionados, evidentemente, no ocurrió lo mismo. Los croatas, entre los que había miembros de los Bad Blue Boys del Dinamo Zagreb y de la Armada del Rijeka, lo vieron como «una respuesta necesaria» a los insultos recibidos. La Federación los denunció, generando un conflicto que aún a día de hoy continúa.
Años más tarde, con los mismos protagonistas y también con una esvástica de por medio, regresaría la polémica.