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Una condena perpetua

Redacción Deporpress | Sin palabras ni calificativos. El Tenerife parece un club con un pozo sin fondo. Sin solución cortoplacista. La repetición de errores es una viva muestra de la desestabilización deportiva que vive el equipo desde hace años. Sin proyecto, huyendo hacia adelante. De aquellas aguas, estos lodos. Porque el calificativo de ‘resucita muertos’ es un atributo que le viene que ni pintado al representativo blanquiazul.

Con cara de tonto se quedaba la parroquia tinerfeña tras el pitido final en Coruña. Un Dépor desahuciado, con solo doce puntos, inmerso en una crisis deportiva, con un cambio de nombres en lo institucional. Pues ni así. 19 jornadas después, los gallegos volvieron a sonreír ante un Tenerife que parece levantar la moral a cualquier cabizbajo. Una medicina para sus rivales.

Porque otra vez, el Tenerife salió al verlas venir. Ni alma, ni fútbol. Dio vida al colista, regalándole el balón. Monopolizaron los coruñeses frente a un timorato Tenerife, que no parecía saber lo que se jugaba en Riazor. VAR mediante, los locales pudieron encontrar la luz desde el punto de penalti, pero Ortolá lo evitó. Ni falta que hizo. Casi sin tiempo de reacción, centro desde la derecha y Santos entra totalmente solo, libre de marca. Fue gol.

Una primera parte horrorosa, de candidato claro al descenso. Un equipo caído, sin alma ni reacción. El paso por vestuarios permitió que el Tenerife diera un pequeño paso adelante tras una actitud reprobable en los primeros 45 minutos. Pero no fue suficiente. El Dépor le regaló terreno, pero no fue capaz de aprovecharlo. Impreciso en un estado del césped bastante deplorable. Y sin llegada. Aún así, los de Sampedro cedieron tanto terreno ante el miedo de la derrota que los blanquiazules las tuvieron, pero el larguero o la falta de definición en los metros finales lo evitaron.

Porque el equipo con Rubén Baraja vuelve a jugar como un equipo pequeño. Así lo hizo en La Rosaleda contra un rival directo como el Málaga. Y hoy repitió. Más allá de las bajas, no había excusas ante el colista. Aún así, otra vez mediante VAR, Suso tiraba de pundonor y valentía para transformar el penalti. Los coruñeses estaban tocados, pero cuando parecía claro un 1-1 e, incluso, antes un 1-2 que un 2-1, llegó el drama. Se ahogó el Tenerife sobre el descuento, otra vez a balón parado en un córner. Gol y final. Con cara de tontos. Y sin motivos para el optimismo.

Porque la improvisación en la toma de decisiones vuelve a dejar de cuerpo inerte al Tenerife. Jugadores que no están cumpliendo expectativas y un cambio de rumbo total de Garai a Baraja, con una nueva filosofía en la que parece que no se cree. Un zombi andante sobre el césped. Un escudo que se va arrastrando con peligro hacia el pozo de la Segunda B. O se acierta muy bien en enero, o el destino parece más que claro. Mientras tanto, los birrias se comerán los turrones, los polvorones y las uvas con un semblante triste, sin expresión, sabiendo que su equipo de alma vuelve a jugar con fuego. Y las quemaduras de segundo grado están más cerca que nunca. Una condena perpetua.