Por @beatrizpalmero
Había terminado el encuentro y teníamos todos ese regusto amargo en la boca que nos deja el fútbol cuando es injusto. Bueno, todos no, porque muchos de mis compañeros de profesión en un día tan largo en el Gran Canaria estaban como unas castañuelas. Las monedas siempre tienen dos caras. A la mitad blanquiazul le tocó la cruz y aguantar con humor las bromas de aquellos a los que les sonrió la cara. Paré a Ricardo en zona mixta y a duras penas el enfado que llevaba encima se dejaba dominar por sus formas siempre correctas. Se impuso su forma de ser y nos atendió enfadado y todo. A mí y a todos los demás.
Tragué saliva. Iba a ser un postpartido un poco largo. Me dicen entonces que intentara llevar a zona mixta a Álvaro Cervera. Y antes de que pudiera avisar a los de prensa, apareció por allí y se dejó asaltar con naturalidad. Justo en ese momento, Miguel Concepción bajaba del palco y se acercó a darle la mano. No escuché qué le dijo, pero Cervera apenas si pudo responderle con un gesto que reflejaba cierta impotencia por lo sucedido y con un “no”. Acto seguido comenzó a contestar mi primera pregunta. No se iba con la sensación de rabia porque hubieran merecido más. Se marchaba triste. Repitió ese adjetivo muchas veces a lo largo de la entrevista. “Me voy triste por la gente que ha venido”.
Cervera se sentía orgulloso de su equipo, de su planteamiento que, como tantas otras veces, nos había sorprendido en la previa. “Salió todo perfecto, lo volvería a plantear igual”, confesaba pero, pese a salir todo a la perfección su conclusión era clara: “debo ser un entrenador sin suerte”, me dijo con una media sonrisa.
Un entrenador sin suerte. Ciertamente, le había ganado la partida a Sergio Lobera por segunda vez, había desarmado a Las Palmas. Pero no fue suficiente. Sí, me dije, no hubo suerte. Pero como me ha sucedido tantas veces, esa frase se quedó enredada en mis pensamientos durante la vuelta, al día siguiente, y al otro. Un entrenador sin suerte.
Pues no, no es cierto. Desde que se marchara José Luis Oltra han ocupado el banquillo ocho entrenadores, que se dice pronto. Y ninguno había construido un equipo del que la afición se sintiera orgullosa en la derrota. Y ojo, que lo ha logrado con un estilo de juego muy diferente al que la afición blanquiazul está acostumbrada a admirar, lo que tiene aún más mérito. Pero ahora, en los peores momentos, los seguidores responden. Lo hacen porque su equipo no se arruga, porque se deja la piel, porque pese a las dificultades sale a morder siempre. Pueden salir mejor o peor las cosas. Pero si salen mal el equipo se levanta.
No sé si el Tenerife jugará o no los play offs. El calendario no es fácil. Pero sí sé que, pase lo que pase, Cervera será un entrenador con suerte. La suerte de que su trabajo y el de sus chicos haya conseguido frutos tangibles, como un ascenso de Segunda B y una temporada impensable en el regreso a Segunda. La suerte de que este trabajo haya calado en una afición que se siente orgullosa. La suerte de hacer historia con el equipo que llevas en el corazón desde chico. Sí, es un entrenador con esa suerte. No todos los técnicos pueden decir lo mismo.