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Tu puedo y mi quiero (24-2-15)

Por @beatrizpalmero

Una de las moralejas de Esopo más conocidas dice que “la unión hace la fuerza y la discordia debilita”. Como ejemplos tenemos todos los logros conseguidos por los trabajadores a los largo de siglos de lucha, y que ahora, el miedo y la mala gestión de los derechos sindicales, de alguna forma, han hecho más vulnerables y débiles, desapareciendo algunos.

Pero no hace falta acudir a la historia. He tenido la fortuna de comprobarlo en muchas ocasiones, en las que haciendo frente común hemos superado muchos obstáculos en el día a día, en situaciones familiares complicadas o en momentos delicados laboralmente en los que, solos, no habríamos sacado el trabajo adelante o no habríamos podido mejorar las condiciones en las que ejercíamos nuestra profesión. Y he tenido la desgracia de ver también como la dispersión, las posiciones encontradas, el miedo a perder el estatus personal adquirido y el egoísmo sólo llevan al desastre, al distanciamiento de personas queridas o al beneficio de unos pocos que nada tiene que ver con el interés de la mayoría.

Y si esto sucede en todos los órdenes de la vida no iba a ser una excepción el deporte de equipo, en el que el colectivo puede tener una fuerza que supere, con creces, la valía individual. Y ahí tenemos el ejemplo, tan manido pero tan efectivo, del Atlético de Madrid, capaz de imponerse, con la fuerza arrolladora de una idea defendida por todos, a las individualidades de plantillas inalcanzables económicamente como las de Barcelona y Real Madrid. Ya en la temporada anterior vimos en este Tenerife lo que es capaz de hacer la fuerza del colectivo. Como un equipo que tras diez jornadas, hundido en la tabla, parecía abocado al descenso, fue capaz de superar anímicamente la situación y crecer hasta límites que hubiéramos firmado a principio de temporada, arropado por una afición que empujó desde el minuto uno.

Una fuerza que en esta temporada no existió nunca. Comenzó con el entorno dividido entre detractores y partidarios de Cervera, y las diferencias se acabaron enconando ante la insistencia de ver el lado negativo de todo lo que el técnico hacía o dejaba de hacer. Y aunque el equipo se empeñaba en poder, las desavenencias impedían que parte de la afición quisiese ayudar a que el equipo siguiera creyendo en que podía despegar. La grieta se hizo insalvable cuando los resultados no acabaron de llegar.

En esta compleja situación, la división del entorno sacudió al equipo, arrastrado a un lado o al otro por la marea circundante. Un equipo que, a diferencia del último que consumó el descenso a Segunda B, se mantuvo comprometido y unido en el devenir de las jornadas y las desgracias. Y, en esos momentos delicados del partido en los que necesitaba un empujón, un aliento, una mano amiga que les ayudara a levantarse, encontraba un pie que les hundía en medio de una guerra fría y un descontento cada vez más ensordecedor. Y ahí, en la desunión, comenzó su ruina.

El mayor beneficio, en mi opinión, que ha traído el cambio de técnico, no son las ideas, ni las rotaciones, ni la variación de las rutinas, sino volver al camino que nunca se debió abandonar: el de la unión de equipo y afición, una unión que hace más fuerte a una plantilla que se había debilitado. Y todo a pesar de que, tras el partido con el Girona, anidaba el temor de que las hostilidades no acabarían con la llegada de Raúl Agné. Olvidaba que los resultados son un bálsamo para las heridas y que los puntos alimentan el día a día del fútbol. Y ojalá que sigan llegando y que permitan al equipo recuperar esa confianza que tantos contratiempos habían mermado una semana y otra. Porque eso alimentará la comunión entre césped y grada, y porque si todos los remeros dan las paladas al unísono y en la misma dirección, la piragua llegará antes a meta, que es al final que importa. Y ahora, como dijo Mario Benedetti, «con tu puedo y con mi quiero / vamos juntos compañero».