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Tomás Martínez

Por @beatrizpalmero

A lo largo de los años he visto y conocido a muchos con talento. Pero el talento no siempre es sinónimo de éxito. De hecho, he conocido aún más gente de éxito sin un talento natural que al contrario. Porque, como bien decía el músico Ludwing Van Beethoven, que a los once años ya publicó su primera composición, “el genio se compone del dos por ciento de talento y del 98% de perseverante aplicación”. Y es que, sin trabajo, no hay talento que brille. Y la perseverante aplicación, que diría el alemán, puede llevar más lejos a una persona sin talento innato que a una que ha nacido con un don natural.

Y así, he visto pasar a talentosos jugadores, brillantes, que no supieron comprender a tiempo que necesitaban trabajar sus virtudes para triunfar y se quedaron por el camino y otros que, sin tanta calidad llegaron más lejos a base de ser conscientes de sus limitaciones y potenciar con mucho esfuerzo sus pocas virtudes. En este caso, el caso que seguro se nos viene a la mente a todos es el de Cristo Marrero, o, en el Tenerife actual, Raúl Cámara. Nunca destacarán por su extraordinaria calidad pero a base de esfuerzo, corazón y, sobre todo, mucha cabeza, llegaron donde querían, y todos los querríamos en nuestro equipo tanto dentro del césped como fuera, haciendo grupo en el vestuario.

También he visto quien ha aprovechado su talento y, desde muy joven, y esto es lo difícil, lo ha cultivado con profesionalidad. El ejemplo más reciente es el de Ayoze Pérez. Con apenas 19 años ya renunciaba a hielo en las bebidas para evitar resfriados. Con la cabeza bien amueblada, los pies en el suelo y talento trabajado y cuidado, no sorprende que en el Newcastle lo hayan renovado hasta 2021. Y creo que aún no hemos visto su techo.

Pero luego hay otros casos en los que, aunque se conjuguen trabajo y talento, no hay éxito. Y da que pensar. Este martes Tomás Martínez rescindía contrato con el Tenerife ante su falta de oportunidades. Un nuevo caso Uli Dávila. Al mexicano no lo traté tanto, pero al argentino he podido observarle un poco más. En los entrenamientos todos veíamos su calidad y no le faltaba perseverancia. Me consta que por las tardes realizaba trabajo físico adicional y que esperaba ansioso sus minutos para demostrar lo que valía. ¿Qué es lo que ha pasado? Conjugamos las circunstancias. Un chico de apenas 20 años, tímido, que sale por primera vez de su país para marcharse al otro lado del charco, a un país desconocido, nuevo, con un fútbol diferente, más físico. Un chico “ansioso por demostrar” como el mismo reconoció más de una vez. ¿Ha sido sólo la ansiedad la que ha podido con el talento y el trabajo? ¿Le ha costado muy cara la adaptación? Tal vez tengamos que recurrir a algo más obvio: ¿le ha faltado la confianza que dan los minutos para irse afianzando y rebajando la ansiedad? Probablemente sí. Es cierto que las urgencias son malas consejeras, pero no sé si tanto como para prescindir de la calidad y de la imaginación, cualidades de las que andamos escasos. Y me viene a la cabeza otra frase del pensador norteamericano Albert Hubbard: “Existe algo mucho más escaso, fino y raro que el talento. Es el talento de reconocer a los talentosos”. Puede que ni Agné ni Martí tengan toda la responsabilidad, pero su trabajo, precisamente, es saber exprimir el talento de su plantilla. Y con este chico han fallado. Tal vez no han sabido comprender lo que necesitaba para que su calidad le fuera útil al equipo.