Por @rondoscutillas
El ser humano pasa por esta vida tratando, cada día, de alcanzar sus ilusiones. Todos tenemos alguna meta por conseguir cuando despertamos a una nueva jornada y activamos nuestra mente. Unas son más complicadas y otras se antojan más asequibles. Pero siempre hay algo por hacer. Ese combustible que nos impulsa a movernos cada día, que nos obliga a no rendirnos a la primera y a perseverar en el intento que perseguimos, nos hace ser mejores. Y, sobre todo, nos ayuda a llegar a los objetivos trazados con menos esfuerzo, incluso, del que imaginamos.
Nuestro cerebro, ese jeroglífico complejo que a veces no somos capaces de descifrar ni nosotros mismos, nos juega también malas pasadas. Todos tenemos temores. Y miedos. Unos mayores y otros más pequeños. Pero siempre hay algo por lo que preocuparse en nuestra existencia cotidiana. Ese freno natural, que en unos lleva ABS de serie y en otros ya tiene las pastillas totalmente gastadas, nos invita también, en ocasiones, a ser más prudentes. A arriesgar menos o a quedarnos en una zona más confortable antes que aventurarnos a pegarnos un batacazo por el pánico a meternos en camisas de once varas.
Y con el fútbol pasa igual. El aficionado que habita en mí vive la semana con la mente puesta en las 16:00 horas de este domingo en el Heliodoro. Se siente orgulloso porque el CD Tenerife es ahora un equipo bien abrochado a la zona de playoffs, con 11 jornadas sin conocer la derrota. Y que, aunque pierda, qué importa si lo hace jugando como lo hizo el domingo ante el Getafe o hace 15 días ante el Mirandés. El grupo de Martí es, por fin, un equipo que hace disfrutar. Que no se rinde. Que quiere ser protagonista. Que juega fuera como si lo hiciese en casa. Que va a por los partidos. Que no se conforma. Un grupo, en suma, que lucha contra los elementos. Ya sean árbitros miopes para según qué cosas o rivales que se toman los partidos como un combate del deporte de contacto que ustedes prefieran.
Pero ese hincha que llevo dentro, como buen birria, también me da la brasa cada día. Me deja disfrutar del buen momento, que ya era hora de que llegase, pero me marea con sus cantinelas. Cuando se pone la bufanda del recelo agita las actuales rachas positivas para recordarme que nada es para siempre. Que algún día se acabará lo de seguir invicto en el Heliodoro durante más de un año. Que el próximo rival no es tan fácil como se cree el entorno. Que los números sitúan al Reus como el equipo que menos encaja a domicilio esta temporada (10 goles en contra en 14 salidas) y el tercer mejor visitante de toda la categoría, tras sumar 17 puntos fuera de casa, superados solo por los 27 del estratosférico Levante y por los 21 de un Girona que parece que, esta vez, no va a caerse del caballo como en anteriores ejercicios.
Así que aquí estoy. Aún a miércoles y con una batalla de sentimientos contrapuestos en mi cabeza. Alegre de que el Tenerife se haya ganado el respeto de toda la Segunda División y temeroso porque el Reus acumula ya 8 partidos sin ganar y algún día romperá esa racha. Espero que no sea este domingo y que el ‘factor Heliodoro’ siga pesando para nuestros rivales con cada nuevo aficionado que vaya al estadio y se sume a la causa blanquiazul.
A mí aún me quedan cuatro días intensos hasta que llegue la hora. Sin entrenamientos. Sin pizarras. Sin charlas tácticas. Y sin listas de convocados. Pero con el desgaste habitual que supone tener que jugar, cada semana, el encarnizado derbi entre mis sueños y mis fantasmas.