Por @rondoscutillas
Comienza un nuevo año y, con él, apuntamos en nuestra hoja de ruta nuevos retos. Desafíos, objetivos y, por qué no, también cosas a suprimir de nuestros hábitos de vida. Unas metas son más costosas que otras pero todas, en el fondo, son ilusionantes. La ilusión es uno de los motores que nos ayuda a avanzar y lo que nos empuja a no rendirnos cuando no podemos más. Si trasladamos todo esto al mundo del fútbol, es también la energía que mueve a los aficionados a acudir cada dos semanas al estadio donde juega el equipo de sus amores.
No sé qué reto se ha marcado la plantilla del CD Tenerife para el año que acaba de comenzar pero, sea cual sea, haría bien en salir mucho más predispuesta a los partidos y, sobre todo, a intentar minimizar los errores que comete. Las dos últimas jornadas han sido un fiasco porque el choque ante el Valladolid quedó condicionado por el penalti en contra y la expulsión de Alberto a los 22 minutos. Y el pasado lunes, ante el Alcorcón, un error en cadena al perder un balón y un penalti cometido por Dani Hernández dio una ventaja de 0-2 a los madrileños que, en una categoría tan complicada como la Segunda, equivale a afrontar una cordillera casi insalvable de remontar para cualquier grupo.
Si ese grupo, además, presenta algunos síntomas como los esbozados en la última cita, pues la preocupación crece exponencialmente. Lo más que me inquieta, sinceramente, es que los blanquiazules han extraviado la capacidad que exhibieron coincidiendo con la llegada de Martí al banquillo para disputar cada balón como si fuese el último. No me explico cómo es posible que ante el equipo más aguerrido de Segunda y el líder actual, el Alavés, se ganaran casi todos los duelos individuales que se generan en cada balón dividido y que ahora, apenas siete encuentros después, no quede ni rastro de aquella voracidad en los mismos futbolistas.
Tampoco entendí el empeño por sacar jugado cada balón desde la retaguardia ante el Alcorcón. No aplaudo el patadón, ni siento predilección por el fútbol directo. Pero hay ocasiones en las que es mejor tirar de ese recurso, aunque sea de forma aislada, cuando tu equipo se convierte en el mayor generador de peligro para sí mismo. Especialmente, cuando los jugadores son incapaces de romper la presión del rival y pierden una pelota tras otra.
Por eso prefiero quedarme con la imagen del segundo tiempo y el paso adelante ofrecido por todos, aunque sea solo en cuanto a actitud. También espero que hayan aprendido la lección de verdad y que mañana, ante la Ponferradina, no haya que esperar a que el rival se haya puesto por delante en el marcador para que el Tenerife decida presentarse al partido.
Soy consciente de que el Alcorcón, nos guste o no, tiene mejor plantilla que el Tenerife hoy en día. Y la Ponferradina. Y el Alcorcón. Y el Leganés. Y el Oviedo. Y tantos otros clubes a los que la Liga de Fútbol Profesional permite tener un tope salarial más alto que a los blanquiazules. Es cierto que el dinero no lo es todo en el fútbol, pero ser el octavo equipo con menor límite salarial de Segunda (tras Athletic B, Elche, Nástic, Huesca, Albacete, Girona y Llagostera) es absolutamente descorazonador. Y también supone una desventaja complicada de sortear a la hora de mejorar la plantilla en este mercado invernal y poder competir por algo que, como decía en el primer párrafo, suponga un nuevo desafío y una ilusión para todos. Así que en esas estamos otro año más, pidiendo que éste sea mejor que el anterior y deseando que todas las personas que llevan las riendas de este club encuentren, por fin, soluciones.