Por @beatrizpalmero
Siendo de letras puras, de las que estudió con gusto latín, griego y arte y denostó las matemáticas, me cuesta mucho imaginarme la intrahistoria de una sociedad anónima deportiva y todo lo que hoy mueve el fútbol como negocio, al margen de lo que mueve como sentimiento. No dejo de reconocer que los periodistas no podemos ofrecer respuestas siempre, porque no las tenemos. Y que, para ciertas cosas, tengo que recurrir al sentido común, porque no tengo más que aducir.
Para empezar, es obvio que al aficionado en general le vale más pájaro en mano que ciento volando. Nos da miedo quedarnos sin ninguno, así que, para qué soltar lo malo conocido, esto es, Miguel Concepción, para intentar alcanzar bueno por conocer. Que ya nos encargaremos de no pintarlo tan bueno. Entendí desde un principio, y muchos me espetaron que me equivocaba, que César Gómez tendría razones para no poner nombres y que poco cambiaba saberlos, puesto que la compra no había cristalizado. Y ahora que tenemos un nombre,porque siempre hay periodistas más diligentes que uno, me quedo igual, porque sobre sus negocios y empresas, apenas encuentro datos en internet. Nada que me indique si es o no lo suficientemente solvente para cumplir todo aquella miel que, lo reconozco, César me puso en los labios.
Viendo lo que dicen las dos partes, alguien miente. O al menos, usa las palabras para dar la vuelta a la tortilla. Para empezar, en la última junta, Miguel Concepción acudió con una representación de 66.871 acciones, de las cuales sólo mil eran propias. Un 38,10% del capital social. Podemos añadir que Miguel Concepción, por lo expresado en el comunicado, tiene otras 18.031 acciones propias. Obviamente, sólo puede vender las que le pertenecen. Es más, teniendo en cuenta, como dice, la atomización del accionariado blanquiazul, ¿no hubiera sido más correcto convocarlo y trasladar la propuesta? Se me olvidaba que supuestamente no hubo propuesta. Menuda actuación la de César, una hora de rueda de prensa para explicar algo que no existió. Lo que sí hubo fue una Junta General en mayo.
Otra cuestión es que no es posible prevenir misterios del porvenir. Nadie puede asegurar que hubiera salido bien, que lo mejor era vender, pero tampoco lo contrario. Lo que sí sé es que a Concepción ya le conocemos: sus errores, sus aciertos, la anticuada manera de llevar el club, de espaldas a los aficionados, al marketing, a la comunicación, a las redes sociales, campos a los que acude sólo para cubrir el expediente. Y sabemos que, con más de 20 millones de deuda, todo eso seguirá igual y que los proyectos deportivos seguirán siendo modestos, a ver si se sube a Primera y se maquillan un poco las cuentas mientras se malvive.
Muchos me decían que no hacía falta tanto dienero y me nombraban al Éibar. Un club bien gestionado pero que, para empezar, no tiene la masa social del Tenerife y que, para continuar, difícilmente, sin recursos de verdad, alcance unas semifinales de la Europa League. Otros muchos me decían que preferían a alguien de aquí. Ya veo lo interesados que están nuestros empresarios en invertir en el CD Tenerife. No han dejado de llamar a la puerta.
No tengo datos suficientes para aventurarme siquiera a opinar qué era lo mejor. Pero como accionista y abonada, creo que sí tengo derecho a la esperanza. A esperar que realmente venga alguien que esté dispuesto a darle un vuelco al club, a convertirlo en lo que todos soñamos que sea. Y me da igual si esa esperanza viene de la puerta de al lado o de las Antípodas. Mejor si viene de la mano de alguien que quiere al club, como César Gómez. Yo sigo soñando, como él, que algún día volveré a ver al Tenerife peleando con los grandes de Europa, haciéndose de nuevo un nombre. Y sí, el lunes sentí aparecer, sólo por unos segundos, esa esperanza. Pero se volvió a ir. Ojalá un día la vea regresar.
De momento sólo queda esperar a verlas venir, a ver si vienen bien dadas, que falta nos hace. Y desear que Concepción tenga toda la suerte del mundo.