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Silencio

Hay ausencias que matan. Siempre. Que nunca dejan de doler por mucho tiempo que pase. Que nos dejan un silencio atronador, “eterno y mudo como el recuerdo”, tal y como dice la canción compuesta por Kike Santander. Incluso cuando sabes que es una ausencia temporal, cuando sabes el día en el que va a finalizar. Vas contando las horas, y se hacen interminables, hasta eternas y en vez de dos meses parece que han pasado cuatro, o seis, o diez. Y no puedes olvidar. Y el recuerdo de lo que ahora es una ausencia te persigue, te asalta en el momento más inesperado, te desespera, como un grifo de agua mal cerrado cuyo incesante goteo te martiriza.

Porque hay personas, circunstancias, cosas, que son una constante en tu vida, en tus pensamientos. Que las necesitas. Aunque en el día a día casi no repares en ellas y te parezcan tan naturales como beber agua. Pero que, cuando te faltan, te hacen sentir sediento. Algo falla en tu rutina. Y aunque el mes de vacaciones te distraiga unas semanas, luego vuelve esa sensación de que falta algo, de que nada es lo mismo, de que odias ese maldito silencio.

Y aunque las ausencias definitivas son las que de verdad te marcan, las que dejan una tristeza imposible de arrancar, cierto es que hay otras sin las que es imposible explicarte, o, en mi caso, explicar tu trabajo. Y así te pasas semanas escribiendo en un papel en tu intento de romper ese silencio que te persigue, intentando dar voz a esos pensamientos que revolotean por dentro, procurando mitigar la magua sacando lo que tal vez nadie entienda, poniendo empeño en mirar para otro lado ignorando los periódicos para que no te recuerden que aún “el sol no regresa” ni bebiendo tequila hasta el amanecer, escribiendo artículos semanales en Deporpress pasando de puntillas por los temas, deseando que llegue ese momento en el que todo deja de ser banal y se convierte en importante.

Cuando los puntos están en juego.

Y qué placer saber que esta semana empieza el ruido, la alegría por ver un gol de tu equipo, los domingos en el Heliodoro que han llenado de recuerdos tu vida desde que tienes uso de razón, los partidos que mañana te vendrán a la cabeza con un “¿te acuerdas?”. Volveremos a la rutina, se nos hará eterna la temporada, pero uno sólo sabe contar sus años por temporadas. Porque al final tu equipo te acompaña siempre, aunque sea de fondo, como un decorado. Y qué pesadez aquellos que te llaman exagerado, que no entienden, que te ven superficial. Esos nunca experimentarán el delicioso placer de ver comenzar una nueva temporada.