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Señales

Por @rondoscutillas

El Tenerife no es un equipo fiable. No sabes casi nunca por dónde va a salir, aunque últimamente está empeñado en ofrecer barra libre a su peor versión. Supongo que la razón más probable es que él mismo es su peor enemigo y se afana, jornada tras jornada, en complicar las cosas más de lo que ya son.

Se sabe que la Segunda División es una categoría exigente, en la que los partidos suelen decidirse por detalles. Así que, si decides encarar cada cita con la falta de concentración por bandera y siendo poco agresivo, pues lo normal es que lleves las de perder casi siempre. A esos defectos, además, hay que sumar también el rosario de errores individuales que, con más asiduidad de la deseable, equivalen a perder puntos o, en el peor de los casos como ante Las Palmas o el Sabadell, deparan dolorosas derrotas que resultan aún más devastadoras en lo anímico.

Tampoco conviene olvidar, facilidades defensivas y fallos al margen, el funcionamiento colectivo del equipo. Los blanquiazules generan muy poco en el área adversaria porque no hay un último pase que haga brillar a sus delanteros. Porque hacer una triangulación con la que crear superioridad de tres cuartos de campo hacia adelante es casi un milagro. Y porque necesitan multitud de llegadas y disparos a puerta para marcar un miserable gol. El resumen es que el adversario les hace daño con muy poco y, por el contrario, el Tenerife necesita hacer demasiado para lograr sumar algo potable.

Con este panorama, resulta frustrante ver cómo la historia se repite. Partido tras partido. Y mes tras mes. Hay demasiadas decepciones y solo un puñado de alegrías que, luego, resultan efímeras al carecer de continuidad. Los problemas descritos anteriormente son tan grandes que impiden algo, tan asequible y mínimo, como ganar dos partidos consecutivos. Supongo que será cuestión de tener paciencia. Apenas costó 15 jornadas ganar el primer partido fuera de casa y vaya usted a saber lo que habrá que esperar ahora para ver triunfar a este Tenerife dos veces seguidas.

Dejando la ironía a un lado, lo que no cambia son los inicios de cada temporada. Esté quien esté en el banquillo o en la dirección deportiva. Nadie consigue hacer funcionar a los blanquiazules en el primer tercio de competición. Así que, como aficionado, la sensación es de hartazgo absoluto. Admito que este Tenerife ha conseguido avergonzarme. Estar tanto tiempo mirando hacia abajo me obliga, un año tras otro, a no reconocerme delante de la televisión ‘empujando’, desde diciembre, para que gane cualquier equipo que juegue contra los cuatro últimos de la clasificación.

Es algo doloroso. Pero es así. Nos hemos quedado para esto. Año tras año. Juegue quien juegue, esté quien esté en el banquillo o haga los fichajes quien los haga. No damos para más. De hecho, firmo desde ya que el concepto de equipo y el modelo deportivo del club se puedan arreglar, por fin, sin sufrir otro descenso a Segunda B. Queda un mundo por delante, pero la excusa no puede ser siempre esa. Porque, alguna vez, el tiempo va a acabarse. Y porque resulta imperdonable que, ante el Sabadell, el equipo no compareciese hasta el minuto 25.

Esa sensación de suficiencia en los jugadores deja en mal lugar a este Tenerife, que está todavía en las antípodas de ser un equipo competente. Lleva solo 16 puntos en 16 jornadas y, además, acumula muchas Ligas repitiendo desastres al inicio de cada curso. Por eso es una auténtica pena que esta plantilla solo ponga tesón en decepcionar a sus seguidores. Porque, en cada partido, siguen comprando lotería con destino al abismo. Ojalá se quiten la venda de los ojos a tiempo y, de una vez, hagan caso a las señales.