Por @juanjo_ramos
Todo son señales. Señales que nos horrorizan, pero ante las que no hacemos nada. Vemos a aficionados del West Ham saltar al campo para reprochar a sus futbolistas la trayectoria que parece conducirles al descenso tras muchas temporadas en la Premier. Al PSG permitir a sus hinchas radicales acercarse a los jugadores para motivarles antes de la visita del Real Madrid y luego, en el partido, mirar para otro lado ante las decenas de bengalas.
Nos causa sorpresa una pancarta en uno de los fondos del estadio del Hamburgo en la que unas cruces, a modo de tumbas, señalan el camino que seguirán los culpables de descender por primera vez al único equipo que siempre ha estado en la Bundesliga. Nos echamos las manos a la cabeza cuando el presidente del PAOK entra, con su pistola, al césped para quejarse porque el árbitro ha anulado un gol a su equipo ante el AEK. Todo esto ha sucedido en unos pocos días.
En España no hemos llegado a tanto. Pero de refilón sí hemos sufrido el ataque de los hinchas rusos antes de un partido de Europa League en San Mamés o algunas quedadas de aficionados radicales para zurrarse antes de los partidos. Pero el “harás lo que ves” da miedo para el futuro.
El fútbol tiene actores con papeles distintos. Interconectados, sí. Pero no mezclados. Los presidentes, en el palco; los aficionados, en la grada; y los jugadores, en el campo. Cada uno en su sitio y todos comportándose. Si no atendemos a las señales y vemos que la agresividad y creciente radicalización de nuestra sociedad está penetrando en el fútbol, pronto esas fronteras estarán difusas.
Conviene, como en todos los ámbitos de la vida, educar. Y en eso, los medios de comunicación tenemos un papel que hemos olvidado. Vender ha adelantado a informar en las prioridades de nuestro sector y, por eso, hemos abandonado la prudencia. Algo podemos hacer para ayudar, aunque el papel principal corresponda a los protagonistas (dirigentes, entrenadores y jugadores).
Evitemos desgracias mayores, desterremos imágenes que nos abochornan y devolvamos el fútbol a lo que siempre fue: un entretenimiento. A cualquiera le gusta que su equipo ascienda o gane títulos. Pero si no lo logra, al día siguiente sale el sol. No convirtamos un resultado en una cuestión de vida o muerte, al aficionado rival en un loco al que nunca le damos la razón ni a este deporte en algo que solo queremos compartir con los que piensan como nosotros. Eso tiene otro nombre, pero no es deporte. Ni es sano.