por @juanjo_ramos
Dialogaba el pasado domingo, después del tropiezo en Girona, con mucha gente sobre el partido. Lo hago siempre. Me gusta escucha opiniones distintas, tanto de dentro del club como de fuera. Y si son de estas últimas, me vale de periodistas o de aficionados. Lo importante es empaparse de lo que creen los demás. Y debatir siempre que haya oportunidad. Me sorprendió encontrar cierto conformismo sobre la imagen ofrecida por el Tenerife en Montilivi. Comparto que el resultado fue un castigo demasiado severo para los méritos blanquiazules. No obvio que el gol local se produjo en fuera de juego. Pero pongo objeciones.
Conviene recordar que a este barco de la ilusión me subí de los primeros. Y que no me bajo pese a la derrota. Mantengo que, pase lo que pase de aquí al final, a estos jugadores y a José Luis Martí habrá que agradecerles que nos hicieran creer de nuevo. Pero no por eso hay que aceptar como bueno todo lo que hacen.
El partido de Girona se pareció al de Córdoba en una cosa: faltó filo. Sí, el Tenerife quería ganar. No discuto las intenciones, el compromiso ni el esfuerzo. Pero me faltó hambre, necesidad. Solo en los minutos finales, cuando el reloj apretaba y el marcador estaba en contra, observé apuro. Entiendo que remar contracorriente como ha hecho este equipo durante diez semanas debe ser agotador. Pero avistada la orilla, la fuerza no debe disminuir.
Puede que porque el empate no parecía un mal resultado. O porque, sintiéndose mejores sobre el campo, daba la impresión de que el gol podía llegar en cualquier momento. Pero hagamos balance: ¿cuántas ocasiones claras ha creado el Tenerife en estas dos semanas?
La crítica no tiene como objetivo principal explicar qué ha sucedido en estas dos semanas, sino plantear al menos que, de ser acertada, tiene solución en las seis jornadas restantes. Este sábado, ante el Elche, quiero ver un equipo necesitado de verdad. Con hambre extrema en cada ataque, con la necesidad de ganar cada duelo, de llegar a cada balón por difícil que sea, por rematar todo lo posible y elevar una producción ofensiva que cambie el aplauso (premio de consolación) por la admiración.
Pondré un ejemplo, pero huiré del Atlético de Madrid. Es el de moda y sería el recurso fácil. Piensen en el Bayern de Munich. Fue mejor que su rival en los dos partidos. Pero en el Calderón perdió y en casa ganó. En el Allianz Arena tiró a puerta 33 veces, 17 de ellas desde dentro del área. En la ida se había quedado en 20, y solo 9 desde dentro del área. En la vuelta pasó un 48 por ciento de su posesión en las inmediaciones de la portería rival, casi el doble que seis días antes. El cambio es evidente. Creció la necesidad, el hambre y la agresividad. Pues, saltando al Tenerife, estas seis jornadas finales tienen que ser partidos de vuelta. No hay margen de error, no se puede dejar para la siguiente semana o estarás fuera de la competición.