Por @rondoscutillas
El Tenerife regresó de vacío de El Molinón. La derrota ante el Sporting (2-1), cruel si analizamos los méritos de uno y otro durante el encuentro, confirma la dinámica negativa del Tenerife como visitante. Los isleños siguen instalados en su particular maldición cada vez que se alejan del Heliodoro y esta vez, pese a competir de manera notable, tampoco dio para sumar.
Como sucediese en Pamplona, se pasó del 0-1, esta vez con un tanto anulado a Bryan Acosta, al 1-0. Y, prácticamente en la siguiente acción, al 2-0. Un despeje tibio de Milla propició una segunda jugada que aprovechó Babin para abrir el marcador. Y la tibieza de Jorge Sáenz en la marca sobre Djurdjevic dio origen a que el serbio anotase el segundo tanto gijonés. Ambos, Milla y Jorge Sáenz, fueron de los más destacados del lado blanquiazul en Asturias. De ahí que su infortunio en acciones puntuales resultase suficiente para que el Sporting, que no fue mejor que el Tenerife ni de lejos, se llevase los tres puntos.
Supongo que, para esto, no hay más explicación que la de una racha negativa que se ha instalado con fuerza y crece exponencialmente, con cada salida de la isla, por más que se empeñen en desahuciarla. Amparada en la falta de confianza del grupo, se alimenta cada 15 días de la ausencia de triunfos en los ocho meses que lleva el Tenerife sin vencer fuera de casa. El dato es absolutamente estremecedor y, sin que resulte una exageración, es más frecuente ya ver nevar en el Teide que a los blanquiazules ganar lejos del Heliodoro. Sería todo un regalo que esa racha se quebrase en Gran Canaria, pero no seré yo el que agite la palabra tabú en esta columna, precisamente, esta semana.
Sobre todo porque este viernes llega al estadio el Extremadura, uno de esos equipos ante el que el posible triunfo se cotiza a 6 puntos, los 3 que sumas y los 3 que logras que deje de sumar un directo rival en la lucha por la permanencia. Ese, y no otro, es ya el único objetivo tangible por el que tiene que pelear este Tenerife.
Los blanquiazules estarán condenados a eso hasta que logren ganar a domicilio y, mientras eso sucede, cada comparecencia en casa será un paseo de funambulista sobre la cuerda floja. Solo vale ganar de local porque, el día que no se logre, el equipo que dirige José Luis Oltra ya sabe que dará con sus huesos en la zona de descenso.
He escrito hasta la saciedad sobre las razones que han llevado al Tenerife a la situación en la que se encuentra. Repetirlas esta semana sobra. Fundamentalmente porque son las mismas. Por eso mi intención es no cansarles. Ni construir este artículo sobre adjetivos que no arreglan nada y que, en cambio, contribuyen a amplificar el devastador efecto del cabreo con el que, desde agosto, vivimos los aficionados al comprobar que esta temporada se ponía completamente de nalgas.
Habrá que esperar a junio para ver cómo acaba el parto, pero la pesadilla antes de Navidad ya está montada. El club busca un director deportivo desde que acordó que Alfonso Serrano no iba a tener el volante de las decisiones en el mercado de invierno. Pero, hasta ahora, se ha topado con el hecho de que el candidato elegido, Víctor Moreno, ha mostrado más interés en crear una estructura que le resulte satisfactoria que en solventar la papeleta de mejorar la plantilla con fichajes que sirvan para eludir el descenso. Es lógico que cualquier arquitecto quiera poner unos cimientos sólidos, pero el club entiende que, al menos hasta febrero, lo realmente urgente es impermeabilizar el proyecto de este año con movimientos que multipliquen las prestaciones de rendimiento de este grupo.
No se engañen. Enero es el todo o nada blanquiazul. Es tiempo de acertar o columpiarse. De tener un director deportivo que, de verdad, quiera tomar decisiones. Es una cuestión de prioridades. Sobre todo porque en Segunda B es inútil tener una infraestructura deportiva de Primera en los despachos. Y mucho más si, en enero, Moreno está más preocupado por implantar su metodología antes que en usar la última bala que tendrá para intentar que el Tenerife sobreviva en Segunda.