Por @beatrizpalmero
Hay una corriente muy común entre los que se creen intelectualmente superiores de denostar el fútbol como algo propio de los ignorantes o de las clases desfavorecidas que acuden a los estadios a recibir su dosis de opio. Y de los no tan intelectualmente superiores. Siempre he mantenido que es difícil entender algo que no se siente desde fuera y mucho más difícil explicar algo que no se entiende.
Afortunadamente, hay otros muchos intelectuales que se han rendido al encanto del fútbol, precisamente porque lo han vivido. Ahí tenemos a Gabriel García Márquez que aseguraba no “haber perdido nada con este irrevocable ingreso a la santa hermandad de los hinchas”, del Junior de Barranquilla, por cierto. O Mario Vargas Llosa que asegura que el fútbol, cuando llegó a España durante la dictadura, era “de las pocas cosas que se podían ver sin tanta presión como la que se vivía en las calles” y realizó el saque de honor antes recibir el Nobel de literatura en un Real Madrid – Valencia, como madridista confeso que es. O el mismo Benedetti que escribió sobre el exilio que “te vas convirtiendo en forofo del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño”. Cierto que en América Latina se vive de una forma especial el fútbol, pero aquí también nuestro último Nobel, Camilo José Cela, no escapó a los embrujos de este deporte y escribió sus “Once cuentos de fútbol”, que recomiendo por cierto.
Y en esta pasión que también sintieron nos dejaron reflexiones maravillosas sobre este deporte, que se alejan de la irracionalidad que, en muchas ocasiones, rodea a los equipos. Quizá uno de los que más escritos nos haya dejado sobre el fútbol (y nos seguirá dejando, sin duda) es el uruguayo Eduardo Galeano, el mismo que afirmaba que en su país todos nacían “cantando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades”. Nació en un país que apenas supera los tres millones de habitantes, pero que ha sido dos veces campeón del mundo, otras tantas campeón olímpico y tiene el récord de quince Copas América.
Pero dejándonos de rodeos uno de sus análisis que más me gusta es el que habla de la figura del entrenador que, en su opinión, en el fútbol moderno ha dejado de ser entrenador para convertirse en un director técnico:
«La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el público le grita:
¡No te mueras nunca!
Y el Domingo que viene lo invita a morirse».
En el Tenerife estamos en esa etapa en la que invitamos a Álvaro Cervera a morirse porque, según Galeano, “los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi”. Cervera no es Einstein, porque en el fútbol está todo inventado; no tiene el don de la sutileza, su franqueza, en donde la tolerancia es una utopía, molesta; no hace milagros, porque no es un dios que pueda controlar la acción de sus once jugadores y dudo mucho que tenga el aguante de Ghandi. Pocos aguantarían ser silbados por su propia afición mientras aclaman al entrenador rival, ser protegido por vigilantes en su propio estadio y hacer luego un ejercicio de entereza en la sala de prensa sin marcharse a casa tocados.
Así que podemos deducir que, si los resultados no llegan (que son los que mandan, al fin y al cabo), Cervera tiene sus días contados al frente del banquillo blanquiazul. Ya no sé si será lo mejor, pero, evidentemente, este clima no es bueno para el equipo, y los síntomas de que la tempestad está haciendo zozobrar al barco son evidentes. Así que, como diría otro uruguayo, “ya está en el aire girando mi moneda, y que sea lo que sea”.