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Ricardo León

Por @beatrizpalmero

 

Para licenciarme en Ciencias de la Información realicé mi proyecto fin de carrera sobre Ricardo III, la obra de William Shakespeare en la que nos lega el retrato de un rey físicamente deforme, maquiavélico y cruel, capaz de ejecutar a su hermano y asesinar a sus sobrinos para reinar. “¡Mi reino por un caballo!”, exclamaba el personaje antes de morir en el fragor de la batalla de Bosworth que ponía fin a la Guerra de las Dos Rosas.

 

Y muchos me preguntaban entonces, como se preguntan ustedes ahora, ¿y qué tiene que ver la obra de Shakespeare con el periodismo? Porque el teatro, en la Edad Media tardía y los albores del Renacimiento, era, sin lugar a dudas, el mejor y casi único medio de comunicación que tenía el poder a su alcance para difundir su propaganda. Así que los Tudor, la dinastía que comenzó a reinar en el Reino Unido tras acabar con el último Plantagenet, necesitaba legitimar su acceso al poder y nada mejor que presentar a su rival como un tirano sin escrúpulos al que era todo un alivio eliminar.

 

Claro que Shakespeare no vivió el reinado de Ricardo III, de hecho nació 80 años después de la muerte del monarca que, como se evidenció tras el hallazgo de su cadáver en 2013, fue incluso atravesado por la espada y apuñalado después de muerto, además de descubrirse que su deformidad no era más que una simple escoliosis. Las crónicas de su época lo describen como un buen rey y, por supuesto, nunca se pudo demostrar que matara a sus sobrinos. Es más, se apunta a que sus asesinos podrían estar en el bando de los Tudor, para asegurarse de que nadie pudiese poner en duda sus derechos dinásticos.

 

Pero, ya ven, la fuerza del personaje de Shakespeare fue arrolladora y vaya si convenció a sus contemporáneos… y a todos los que vinieron después. Desgraciadamente, él no tuvo la oportunidad de defenderse (aunque sí existe una sociedad, sin ánimo de lucro, que se dedica a investigar para limpiar su nombre), porque pocos tienen la fortuna de que la vida le ponga en las manos la oportunidad de demostrar que fue injustamente vilipendiado.

 

Y ahí es donde entra nuestro Ricardo. Ricardo Léon. Hace cinco temporadas tuvo que marcharse señalado duramente por un sector de la afición, pese a que perdonó el año de contrato que aún tenía con el club, porque el propio club se lo pidió. Y me consta que no fue fácil ver pancartas y pintadas en su contra en su propia casa, escritas por la afición del equipo de su vida.

 

Y, a pesar de todo, tuvo la enorme valentía de emprender el camino de regreso, de dejar atrás el rencor por el dolor causado, no sólo a él, sino también a su familia. De volver a pelear por el escudo que siempre llevó en su corazón. Y se reivindicó. Y perdonó a quienes le señalaron como un paria. Y hasta supo ser ese jugador veterano que todo entrenador quiere en su vestuario, porque pone al grupo por delante de sus propios intereses.

 

Afortunadamente, la vida le ha dado la oportunidad de despedirse como merecía, de que todos vieran lo que llevaba dentro, de cambiar el lugar en la historia que otros le habían asignado. Ya hubiera querido Ricardo III tener esa suerte.