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Revoluciones fallidas

Por @beatrizpalmero

No sé por qué razón, desde que era pequeña siento fascinación por la historia. Quizá por mi temprana afición a los libros y a la fantasía, quizá porque aquellos libros sobre pirámides y civilizaciones antiguas que había en casa me despertaron una primera vocación de arqueóloga, lo cierto es que me encantaba evadirme por aquellas primeras ciudades de la Historia Antigua, tan lejanas, exóticas y pioneras en todo. Todo aquel que me conoce bien, sabe que adoro pisar los mismos lugares que pisaron los hombres miles de años atrás y admiro la audacia que mostraban para progresar en un mundo en el que no existía la tecnología ni más ayuda que la del propio cerebro para idear nuevas soluciones a los problemas cotidianos.

A esa pasión inicial por la Edad Antigua, siguió con naturalidad, mi afición a la historia en general, siempre disponible para recordar a dónde conducen los errores cometidos por la humanidad, y, sin embargo, pocas veces consultada para evitar repetirlos. En la historia encuentras muchas lecciones de vida, aplicables en muchos ámbitos. Por ejemplo, que la revolución nunca triunfa en sociedades donde no hay problemas estructurales graves. Y, aunque es cierto que los motivos económicos e interesados de una parte suelen estar en el germen de todo, no es menos cierto que el pueblo no se deja arrastrar si su propio bienestar, si la idea de mejorar sus condiciones o la de sus seres queridos no está en juego.

Y no traería aquí esta reflexión si no me hubiera llamado la atención uno de los titulares de mis compañeros de Deporpress durante el fin de semana sobre la alineación de José Luis Martí en Almería: “Otra revolución Martí: cinco novedades en su alineación”. Cambiar casi el 50% del equipo bien puede llamarse una revolución. Pero si añadimos que no es la primera que vemos tal vez nos llame menos la atención. Y en ese sentido, decir justo “otra revolución Martí” creo que refleja, claramente, el sentir de los aficionados blanquiazules ante tanto cambio.

Partimos de la idea de que este año el míster no consigue dar con la tecla. Eso es obvio. Al menos ahora, porque cuando este Tenerife empezó a rodar parecía que iba a ser todo lo contrario. “El Tete va a ser el nuevo Levante”, decían muchos. Y poco más de un tercio de liga después ya nos hemos dado cuenta de que no, de que algo no funciona. Y lo que es peor, quien dirige a los suyos para mejorar todo aquello que va mal, no sabe exactamente cuál es el primer paso a dar para acabar con el régimen establecido y lograr uno nuevo en el que todos sientan que encajan mejor. Y así vemos pasar una revolución tras otra, todas abocadas a un mismo fin, acabar represaliadas por el rival y sin mejoras evidentes.

Una sola victoria en las diez últimas jornadas es un mal balance para un equipo que aspiraba al ascenso. Los de Martí no ganan si no dejan la portería a cero, y eso sólo ha ocurrido cinco veces en 17 partidos. Si no hay resultados prontos, aquellos que deben ejecutar la revolución, el pueblo, dejará de creer poco a poco en las consignas revolucionarias. Es un peligro evidente y, sinceramente, ahora mismo parece que es el destino del Tenerife de Martí, como una locomotora a toda máquina sin conductor. O aclaramos la idea revolucionaria por la que hay que luchar y dejarse la vida o la revolución acabará con la ejecución de los cabecillas como en tantas ocasiones ha sucedido.