Por @rondoscutillas
El Tenerife ha vuelto. Al menos la versión más cercana de lo que cualquiera desearía para este equipo si lo ha seguido en el último año y medio. Ganó y convenció en el Heliodoro ante el Nástic de Tarragona (2-0). Sé que conviene no fliparse mucho porque el rival era el colista de la categoría. Pero no voy a aceptar que ningún ‘cáscara amarga’ me quite de la cabeza la idea de que, jugando así, este equipo invita al optimismo. Sobre todo porque los blanquiazules se emplearon con una suficiencia insospechada y, lo que es mejor aún, jugaron a ratos de manera coral e hicieron disfrutar a la grada como hacía tiempo que no pasaba.
La ansiada estabilidad futbolística se edifica, por ahora, sobre los pilares de dos de los refuerzos del mercado de invierno. Uros Racic ha protagonizado un estreno sonado. Pocas veces ha impactado un jugador en el estadio como lo hizo el serbio. Tiene un despliegue físico sobresaliente que le hace abarcar una gran cantidad de territorio, ya sea en la finca propia o en la medular. Su poderosa envergadura contribuye a mejorar al grupo en las disputas en el juego aéreo y con el balón tiene una velocidad más que el resto. En el cerebro. Y en las piernas.
El otro cambio a mejor viene marcado por la presencia de Borja Lasso, un volante clásico que conoce el oficio pese a su juventud y que, como sucedió hace justo un año con Milla, acepta ser reclutado por un equipo con el que puede crecer y mejorar. El sevillano tiene una capacidad innata para manejarse y destila clase de buen pelotero. Regatea cuando procede superar líneas siendo vertical, combina siempre que puede y mejora cada balón que le llega. Ejecuta rápido. Y se muestra de inmediato como una alternativa, ya sea para tirar una pared o para despejar el camino atrayendo contrarios con un desmarque. Encima, es capaz de remangarse en tareas defensivas como uno más y tiene la gran virtud de hacer que parezca fácil hasta lo más complicado. Cuando conozca mejor al resto de sus compañeros será el socio ideal para Suso, Malbasic, Naranjo, Milla o cualquiera que quiera llegar de su mano hasta el área rival.
Con su llegada al once, Oltra multiplica el potencial de su equipo. Ahora, por fin, tiene dos elementos tan influyentes y determinantes para el funcionamiento colectivo como vistosos para el ojo del espectador. Racic y Lasso son de esa clase de jugadores por los que merece la pena pagar una entrada. La afición, maltratada por el producto que le habían ofrecido hasta ahora y decepcionada también por los resultados, ha recobrado la ilusión de manera inmediata. El efecto contagio también se ha propagado de forma veloz. Sobre el césped, el mismo grupo de futbolistas que parecía oxidado y falto de atrevimiento, hilvanó una jugada tocando el balón, durante más de un minuto consecutivo de un lado a otro del campo, hasta terminarla con un disparo al larguero de Racic. En la grada, afortunadamente, los bostezos y las reprobaciones han dado paso a los aplausos y las exclamaciones de asombro.
Quizá por esa razón llevo toda la semana deseando que llegue ya el sábado. Tengo ganas de volver a disfrutar con el juego del Tenerife. La visita del Málaga a la isla, un equipo con colmillo de aspirante y pedigrí de Primera, hubiese supuesto en el entorno un pánico similar al de un niño con cinofobia. Ahora estoy seguro de no ser el único convencido de que será el Heliodoro el que ruja sin tanto temor y con más fuerza. Pase lo que pase y ocurra lo que ocurra en el marcador contra los andaluces, los blanquiazules ya han ganado. Por fin, y después de vagar famélicos y llenos de pulgas por la primera vuelta, ya han encontrado quien los rescate.