Por @beatrizpalmero
Durante varias temporadas, hablamos siempre de que el mal inicio de temporada del Tenerife lastraba siempre las posibilidades del equipo. Este año nos la prometíamos muy felices con los buenos partidos encadenados al principio, que nos permitieron estar en los puestos altos desde la jornada uno. Algunos, incluso, se aventuraron a decir que este equipo era el nuevo Levante, imaginando que íbamos a ascender en un abrir y cerrar de ojos.
Pero a esta Liga, para bien y para mal, se le dan muy mal las etiquetas. Es muy larga, competida y el éxito tiene que ver, no tanto con la calidad de las plantillas, sino con el trabajo de equipo que se realice. Yo sigo sin dudar de la calidad de este Tenerife. Hombre por hombre, creo que se mejora la del año anterior. Sin embargo, creo que en este caso, Martí no consiguió nunca dar con las teclas adecuadas para que estos jugadores se convirtieran en un equipo. A medida que pasaban las jornadas, parecía el Tenerife más deslavazado en lugar de más conjuntado, los jugadores, siempre con actitud, parecían hacer en ocasión la guerra por su cuenta porque la estrategia del general no la tenían del todo clara, o no estaban convencidos de que les llevara a la victoria. Esas son las sensaciones, al menos, que transmitían a la grada, que, partido a partido, ha ido perdiendo la ilusión.
Y aunque todos queríamos evitarlo, el adiós de Martí se ha hecho inevitable. A un hombre de la casa, muy querido, siempre correcto, resulta difícil despedirlo. Pero los números están ahí. Y el objetivo del Tenerife ha cambiado por completo. Con un punto de ventaja sobre los puestos de descenso y a once de los playoff creo que hablar de ascenso a estas alturas es contraproducente. Lo más inmediato es poner pies en polvorosa y alejarse de la zona de peligro y ya veremos si hay tiempo para plantearse algo más.
Al banquillo llega un hombre con tan pocas tablas como las que tenía Martí en su momento, pero con un bagaje futbolístico innegable. Y lo primero que ha hecho es transmitir la ilusión que él mismo trae por esta oportunidad. Una ilusión que es tanto o más importante que cualquier argumento futbolístico y que hasta la propia plantilla parecía haber perdido con el devenir de las jornadas. Recuperarla es el primer paso, el segundo, recuperar también la confianza. Será el trabajo más difícil de Joseba Etxebarría. Sin ella, el final de la temporada puede ser más dramático de lo que hubiéramos podido imaginar al principio.