Por @rondoscutillas
Alguna vez he contado en esta misma columna cómo se me ocurren las ideas que luego trato de plasmar aquí. Esta semana lo he tenido más claro que nunca. El Tenerife ha vuelto a ganar al Girona en Liga saliendo del descenso y, en un año con demasiadas cosas malas, me apetecía transportarme a través de estos párrafos hacia el tiempo más feliz que recuerdo como seguidor de este equipo.
Los que ya tenemos más de 40 años tuvimos la bendita oportunidad de vivir en nuestra adolescencia la mayor metamorfosis que ha experimentado este club en su ya casi centenaria historia. Es cierto que el Tenerife alcanzó las semifinales de la UEFA, que le quitó dos Ligas al Madrid en el Heliodoro, que también peleó por meterse en una final de Copa del Rey y que tuteó a los grandes de nuestro fútbol durante varias temporadas. Sin embargo, nada de todo eso hubiese sido posible de no ser por lo que ocurrió en aquella temporada 1988-89, la campaña en la que lo imposible se convirtió en realidad.
Esta semana, el periodista Luis Padilla, uno de los compañeros de los que más he aprendido en esta profesión y con el que tuve la gran suerte de compartir la etapa más gloriosa de Jorge Valdano en aquel ‘EuroTenerife’ cuando hice mis prácticas en la redacción de la ya desaparecida Gaceta de Canarias, ha publicado un nuevo libro.
Se llama ‘El ascenso que transformó al CD Tenerife, apuntes para la historia’ y admito que estoy deseando lanzarme de lleno a esas 224 páginas en las que, seguramente, podré revivir todos aquellos partidos que me ilusionaron semana a semana. Aquel sueño que, junto a mis compañeros de clase, fue gestándose lentamente en aquella vetusta grada de Herradura, cuya madera crujía con cada gol de Rommel Fernández. Así fue creciendo todo. Domingo a domingo. Mes a mes. Entre la incredulidad de lo que estábamos saboreando por primera vez en nuestras vidas y aquella ilusión juvenil del ¿te imaginas que al final subamos a Primera?
Seguí la presentación telemática de la obra y me conmovió conocer detalles de cómo se vivió aquella proeza por dentro a través de los testimonios de dos de los integrantes de aquella plantilla, Toño Hernández y Quique Medina. Ambos confesaron que, hasta cierto punto, vivían lo mismo que nosotros en cuanto a la oportunidad que se abría para todos si se llevaba a cabo. Quizá una de las claves de aquel ascenso fue el hambre, de plantilla y afición, de estar en un sitio que parecía prohibido para un club pequeño al que gente como ellos se encargó de hacer grande.
Así que, si aún dudan de qué regalar estas Navidades, no se lo piensen demasiado. Si tuvieron el privilegio de vivir aquella temporada imborrable es un viaje hacia un pasado muy feliz. Si son demasiado jóvenes, no desaprovechen la oportunidad de visitar, a través del relato de Luis Padilla, el lugar donde empezó todo lo que ustedes han visto después. A mí, desde estas modestas líneas, solo me resta darles las gracias a todos los que hicieron posible aquello, así como a los que ahora han tenido la idea de rescatar lo ocurrido, por permitirme viajar hasta la temporada de mis mejores recuerdos.