Por @rondoscutillas
Había perdido, en las últimas semanas, el hábito de contarles mis pensamientos futbolísticos a través de esta columna. Así que, antes que nada, mis disculpas por estar más tiempo del debido alejado de ustedes. Cuesta encontrar el momento. Como volver al gimnasio. Como vencer la tentación de querer pararte a los pocos kilómetros cuando, tras varios meses sin hacerlo, te pones los tenis y decides volver a correr.
Casi todo el mundo, cuando empieza el año, se hace nuevos propósitos. Pero a mí me sucede justo lo contrario. Todo se me hace cuesta arriba. Como este inacabable enero. Debe ser que, con esto de la edad, me resulta más complejo reordenar mi caos interno. Sé que debería ser al revés, por aquello de tener más experiencia. Pero, si no me entiendo a veces ni yo mismo, cómo voy a pretender explicárselo en unas líneas sin aburrirlos.
Así que allá vamos. A por este tercer párrafo en el que les advierto que, si están de bajona o deprimidos, mejor abandonen esta lectura. Para seguir con mis contrasentidos, les cuento que me considero alguien optimista. De ver el vaso medio lleno. Pero, entre esto de la COVID-19 y la añoranza de la vida anterior, me he vuelto más escéptico con casi todo. E incluso yo diría que necesito rodearme de puntos de vista que sean más positivos que el mío. O que, simplemente, ya no tengo esa facilidad para buscarle la parte buena a cualquier cosa que ocurra. Estoy a oscuras. Y fundido.
Me sucede un poco como con el Tenerife. Ese desgaste de ver, temporada tras temporada, más de lo mismo. De subirme cada curso a la misma montaña rusa de sensaciones. Sabiendo cómo será cada subida. Cada bajada. Y cada curva. Porque, por desgracia, se parece demasiado a lo que viví la campaña anterior. Y la anterior de la anterior. Y…
Estoy harto de que la manivela de la ilusión acabe siendo un trozo de metal herrumbrado conforme avanza el calendario. Porque ya me sé de memoria cómo es el proceso que desemboca, temporada tras temporada, en el óxido mortal que conduce hacia otro naufragio. O hacia más de lo mismo.
Llámenme exigente. Pero me resisto a pensar que el destino de este Tenerife sea la permanencia. Y, también aquí, temporada tras temporada. Por mucho que la historia, con el transcurrir del tiempo, se empeñe en encasillar aquella ‘década prodigiosa’ como una época pasajera y sin continuidad. O por mucho que la estadística nos recuerde que el actual, quizá, sea nuestro sitio más natural porque este equipo es ya el tercero que más temporadas acumula en Segunda.
El panorama del futuro inmediato tampoco me parece demasiado alentador. Ni, teniendo en cuenta los precedentes, me invita a la esperanza. El club vislumbra su centenario y no hay nada, salvo el deseo de regresar al Heliodoro cuanto antes para poder ver el fútbol y todo lo que rodea esa liturgia en directo, que ilusione al aficionado.
No hay ya un líder sobre el terreno de juego como Milla. Los que suelen tirar del carro tienen un año más. Tampoco hay ningún canterano dispuesto a tirar la puerta abajo. Ni confianza para ponerlos e irles dando minutos. Y los que más expectativas han despertado, como Fran Sol, son cedidos y sabes que estás disfrutando de algo que tiene fecha de caducidad.
De la nueva generación te quedan Sipcic, Moore y Álex Muñoz, tres futbolistas interesantes sobre los que construir, al menos, la próxima defensa. Y, cómo no, Shashoua. Demasiado discontinuo todavía para revestirlo con el barniz de jugador diferencial. El resto, salvo que Cordero saque sus dotes de prestidigitador de la chistera antes de que cierre el mercado de invierno, será una nueva bofetada de realidad.