Por @juanjo_ramos
Quince años son muchos. Para un dirigente, sea político o deportivo, demasiados. La continuidad de Miguel Concepción en el CD Tenerife solo se puede entender, bajo esta premisa, por la inexistencia de una alternativa. Cuando el máximo accionista de la entidad blanquiazul insiste en quedarse lo hace con el derecho que le otorga ostentar una mayoría en la asamblea que nadie se ha acercado siquiera a discutir.
También lo hace sabiendo que la contestación popular hacia su figura es cada vez mayor. Con conocimiento profundo de su gestión o no, porque muchas veces la crítica va íntimamente asociada a la trayectoria deportiva del equipo, la realidad es que muchos aficionados ven con buenos ojos un cambio. Para entenderlo, vuelva a la primera frase de este artículo. Si la tiene presente, sigamos.
En esta tesitura, conviene describir situación y ambiente antes de seguir. El Tenerife no aspira al ascenso desde 2017. Ha tenido tres directores deportivos, siete entrenadores y una treintena de jugadores nuevos desde entonces. En el apartado deportivo, suspenso. No valen como atenuantes los aciertos con sustitutos para salvar la categoría como Rubén Baraja o Luis Miguel Ramis. Falta estabilidad y éxito. Alrededor de esto, una gestión económica destacada: la deuda baja. Y noticias institucionales muy positivas: puesta en marcha de la Fundación y obras (¡Por fin!) en la Ciudad Deportiva. ¿Suficiente para equilibrar la balanza? No en un club de fútbol.
Ante esta tesitura, y creo haber escrito alguna vez al respecto, a Concepción hay que exigirle ACIERTO en el área deportiva. Porque de eso se trata en el negocio de la SAD que preside y de la que es máximo accionista. Pero resulta inútil pedirle que se vaya. También informar sobre presuntas irregularidades que luego nunca se confirman o esperar una condena firme que no existe y que, por supuesto, si llega a darse será motivo más que suficiente para que abandone la entidad. No hay duda al respecto.
Pretender utilizar con Concepción, el dueño de la finca, las armas que ya vimos en el pasado contra Cervera, Martí o Serrano resulta inútil. Ese ejercicio de convertir hipótesis en escándalos y testimonios escogidos interesadamente en doctrina o esa idea de crear asociaciones ad hoc que se arrogan representaciones mayoritarias al más puro estilo populista solo nos alejan de la realidad.
Escribía esta semana en twitter que los periodistas debemos comportarnos. Que hay que dedicarse a informar con la verdad como premisa, a opinar con limpieza y a respetar al que piensa distinto. Escuchar críticas a gente con una trayectoria como la de Salvador García, Luis Padilla o Juan Galarza cruza todas las líneas rojas del comportamiento, no ya profesional sino personal. Dice más del que lo hace que de los señalados. Por eso, sobra que yo lance aquí un recadito. Ni siquiera una inservible invitación a la reflexión. Predico con el ejemplo y callo. Me dedico a lo mío: informar, opinar y respetar.