El Tenerife regresó en El Alcoraz al pasado. Pero al malo. Al que nadie quiere volver ni de lejos. Media isla estaba aún sintonizando el canal para ver al grupo de Raúl Agné en las plataformas televisivas y los blanquiazules ya estaban por debajo en el marcador en otro error clamoroso de Dani Hernández. Justo igual que en las primeras jornadas de la 2014/15, cuando los blanquiazules se desangraban al mismo ritmo que imprimían las cantadas de sus porteros.
El venezolano tiene un roedor alojado en su cerebro que le devora la confianza desde sus pifias en Los Pajaritos. Y lo peor es que esa sensación de duda ya es pública para sus compañeros y para los rivales, que prueban a disparar desde dónde sea. Han bastado tres jornadas para que su crédito, ganado a base de buenas actuaciones durante el pasado curso, se haya esfumado. Eso o que se esté usando un par de guantes de los que dejó Jacobo en el vestuario el año pasado. Sea como sea, el Dani que se ganó a pulso la renovación debe volver cuanto antes porque, en su estado actual, hay muy pocas posibilidades de dejar la portería a cero.
También se han volatilizado todos los signos de identidad futbolística que construyó Agné el último ejercicio. Este Tenerife es un equipo mediocre. Que no juega a nada. O mejor dicho, que no elabora. Ni lo intenta siquiera. Maltrata el balón una y otra vez y recurre al sinsentido del patadón cuando el rival lo presiona y, con esa propuesta, lo normal es correr y correr a expensas de lo que el adversario decida hacer con el balón y el ritmo del partido.
Es cierto que hay jugadores irreconocibles en su estado de forma y otros, como Germán, al que me cuesta ver de titular mientras Jorge Sáenz o Alberto, con más condiciones, esperan su turno en el banquillo o la grada. No entiendo el empecinamiento del técnico con el central gaditano en el once inicial. Quizá sea porque le agrada que no sea el yerno perfecto o porque Agné prefiere tener un zaguero que transmita contundencia con manotazos o codazos que, el día que un árbitro tenga un poco más de vista, supondrán quedarse en inferioridad numérica.
Queda mucho también para que alguien destaque a nivel individual. Cuando se está tan mal como en la primera media hora de Huesca, es imposible que nadie luzca. Admito que Vitolo y Aitor Sanz tampoco son los del año pasado pero, jugando como lo hace este Tenerife, es imposible que brille cualquier mediocentro de esta categoría que ustedes quieran poner ahí.
Queda mucho para que este Tenerife sea el que todos queremos ver. Todo un mundo para que los futbolistas tengan la voluntad de usar el balón para enlazar y combinar entre ellos. Cuando lo hacen, el equipo no parece tan malo. No lo fue en la elaboración del gol de Lozano, ni tampoco cuando, en el epílogo del choque, Aitor Sanz habilitó a Pedro Martín para que desperdiciase otro ‘mano a mano’ de los que sí metía en los amistosos de verano.
Queda mucho para que este entrenador logre equilibrar al equipo. Sobre todo si se empeña en renunciar, como hasta ahora, a comparecer con un dibujo mínimamente cohesionado y siga jugando con los extremos absolutamente descosidos del resto del conjunto. Los futbolistas tienen que reencontrarse cuanto antes con la versión que todos sabemos que son capaces de ofrecer. Un punto sobre nueve posibles, jugando además contra dos equipos recién ascendidos, es un pésimo balance. Pero solo llevamos tres jornadas y esta Segunda es muy larga. Así que, no tiren todavía la toalla. Para lo bueno y para lo malo, aún queda mucho.