Por @jf_rojas
No hay problema. Se vuelve a explicar. Y se hará las veces que haga falta porque la confusión es tan antigua como el fútbol: No, considerar que un equipo ha jugado mal no es censurar su estilo. Todo lo contrario, es entender que sencillamente no lo ha ejecutado bien, sea jogo bonito, catenaccio clásico o cualquiera de todas esas fórmulas igualmente legítimas que encontramos entre ambos extremos. Lo explico de otra forma. Esta columna puede escribirse con estilo directo o literario. Puede componerse en prosa o en verso. Puede valerse de infinidad de adjetivos para adornar cada frase o ir al grano con la mayor austeridad de formas. Esta columna puede escribirse muy bien en muchos y opuestos estilos pero igualmente, sea en prosa o verso, puede ser un completo desastre en cada uno de ellos si tiene faltas de ortografía o no alcanza su resultado, que es darse a entender.
Si los equipos perdieran cada vez que jugasen mal no habría lugar a la confusión. El matiz en el fútbol y en muchas otras cosas de la vida es que el resultado no siempre depende por completo de lo bien que lo hagamos. Puedes jugar bien y que el otro lo haga aún mejor o puede ocurrir exactamente lo contrario. También puede que haciéndolo de fábula ese día el azar o el árbitro se interpongan en tu camino. Y puede pasar, porque lo hemos visto más de una vez, que en tu peor partido el rival tropiece tres veces con el palo y tú marques de rebote con el culo. El resultadismo auténtico y no ese que bautiza de manera impropia un estilo concreto de fútbol defensivo y poco vistoso, es el que concluye que en esas ocasiones la victoria o la derrota también son causa directa de lo que uno hace olvidando el resto de factores.
El problema con el resultadismo es que desvirtúa la crítica. Cuando el resultado es bueno tiende a cercenarla bajo la metafísica excusa de que si se ganó por algo será, mientras que cuando es malo lo que hace es exacerbar el análisis al punto de destruir obras valiosas que iban por el buen camino. El resultadismo es enemigo de la perspectiva porque lo reduce todo al marcador del último partido y se extiende como una epidemia no sólo en el fútbol sino en muchos otros aspectos de lo que nos rodea. Vivimos en el reino del corto plazo, del éxito fugaz y de los fracasos meteóricos. Todo se juzga según haya ido en los últimos cinco minutos y los adjetivos se regalan primero y se regatean después con asombrosa facilidad. Si ganas eres el mejor, si pierdes un fracasado.
Hay algo de eso en esta corriente de cerverismo radical que crece últimamente en la Isla. El cerverismo sostiene argumentos que ni el propio técnico sostendría, atribuye a sus tácticas todos los buenos resultados del equipo, lleguen de la manera que lleguen, e interpreta cualquier clase de crítica en clave de oposición general al entrenador y al estilo que en cada momento elija. Desde la trinchera del resultadismo los cerveristas esperan a un bando enemigo que se inventan cada vez que alguien discute cualquier aspecto del juego del Tenerife tal y como ocurrió tras el partido de Murcia. De hecho, considerar que el equipo no mereció ganar el domingo nos conduce a muchos a esa otra trinchera en la que viven los apóstoles del taconcito y la gambeta que no entienden que la plantilla actual es peor que la de Heynckes.
El problema es que en realidad esa otra trinchera no existe. No coincido con todos los planteamientos de Cervera, ni con el estilo en el que aparentemente más confía, pero sí subrayo su trabajo y, como cualquiera que tenga ojos en la cara, le atribuyo muchísimos méritos en los éxitos de este Tenerife reciente. Lo que no sostengo, como hace el cerverismo militante, es que Cervera sea el único artífice de este Tenerife y que sin él el equipo estaría condenadísimo a bajar porque la plantilla es mala. Primero porque creo que hay mejores jugadores de lo que se dice y segundo porque no hay entrenador en el mundo capaz de sacar de un equipo más de lo que pueden dar sus futbolistas. Si considerar eso le hace a uno enemigo del entrenador o un Valdano de bolsillo entonces quizás lo sea. No obstante antes de etiquetarme le preguntaría al propio Cervera si se ve tan imprescindible no vaya a ser que él también termine alineado en el bando de sus presuntos enemigos.