Stepan Bandera fue un líder ultranacionalista responsable de la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Cuando la Alemania Nazi invadió la URSS, Bandera y otros de sus acólitos pensaron que los alemanes los ayudarían en su lucha contra los comunistas, pero nada más lejos de la realidad: fue encarcelado junto a algunos de sus compañeros de filas, lo que no imposibilitó que esta organización, que seguía liderada por este personaje, racista, antisemita y pendenciero, asesinara a 100.000 judíos y polacos. Roman Zozulya, delantero del Albacete Balompié, se ha confesado admirador de Bandera, al que considera «un patriota», porque, más allá de lo que nos quieran hacer creer medios generalistas cuya obsesión por la ‘trama rusa’ llega a ser enfermiza, Zozulya es un nazi, pese a que a algunos ahora les cueste pronunciar esa palabra.
Criado en la cantera del Dinamo de Kiev, se dio a conocer en el Dnipro Dnipropetrovsk, empezando a tener sus primeros contactos con los White Boys, los ultras fascistas del conjunto ucraniano que tratan con su nombre de hacer un juego de palabras, tan burdo y simple como ellos, entre el color del equipaje de su equipo y la raza a la que dicen pertenecer y defender. Ya por aquel entonces agredió a un colegiado saliendo desde la grada de este grupo ultra, algo que, posteriormente, acompañó con fotos señalando un marcador en el que podía leerse un marcador de 14-88. Para los no iniciados, entre los neonazis, el 14 se refiere a las 14 palabras de David Lane, un líder supremacista blanco de los Estados Unidos que defendió, antes de morir en la cárcel, la necesidad de «deber asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos», mientras que el 88 se refiere a la octava letra del abecedario (h) ya que es una forma de expresar el grito de Heil Hitler en lugares como Alemania, en donde está prohibido. Además, poco ha importado a Zozulya que organizaciones neonazis participen en la guerra civil ucraniana, en la que países como Estados Unidos sostiene a los «rebeldes» de aquel país, porque les da apoyo y financiación. Zozulya es un nazi, aunque, inexplicablemente, haya quien lo quiera negar e, incluso, pida respeto para sus intolerantes ideas.
La misma LFP que no ha parado partidos con insultos racistas, o con gritos de burla hacia Aitor Zabaleta, asesinado por un seguidor nazi del Atlético de Madrid, o, ni siquiera, cuando se rieron de los fallecimientos de Jarque y Puerta, decidió el pasado fin de semana que el Rayo-Albacete tenía que suspenderse por llamar «puto nazi» a nuestro protagonista. En los últimos tiempos se extiende una corriente, a mi modo de ver absolutamente demencial, de tener que tolerar a los intolerantes, a aquellos que hacen del nulo respeto por las ideas del que tiene enfrente su bandera, la que enarbola casi de manera continua, y eso es sumamente peligroso.
Tolerar a un intolerante significa que estos ganen terreno de la manera de la que lo han hecho siempre, con populismo, con artimañanas, jamás de frente, pero, cuando al final los tienes encima, esa mayoría silenciosa y bienintencionada, la que prefirió no alzar la voz en su día, se ve tan perjudicada como los que decidieron hacerle frente. El fascimo no es una opinión, tampoco una ideología, como tampoco lo es el racismo o la xenofobia, porque son tumores a extirpar no del deporte, sino de la sociedad.
Mientras los grandes medios de comunicación tildaban a Roman Zozulya de patriota y consideraban una falta de respeto tildarlo de «puto nazi» desde las gradas del digno estadio de Vallecas, muchos quedamos perplejos, casi asustados, dándonos cuenta de que, si esto hubiera sucedido hace solo unos años todos nos hubiéramos escandalizado. Esa corriente es la que aprovechan a aquellos a los que Zozulya defiende y sí, es muy peligrosa. No podemos ser tolerantes con los intolerantes, ni en el estadio ni en la calle, porque, de lo contrario, nos vamos a arrepentir.