Por @beatrizpalmero
En uno de mis cuentos favoritos de Mario Benedetti, recogido en su obra Geografías, se relatan los distintos encuentros de dos personas a lo largo del tiempo, hasta que, en el último, ya no se separan más. Y, aunque es cierto que se trata de dos personas que se han amado siempre y que por unas circunstancias o por otras no se deciden o no pueden vivir su amor hasta llegar a la madurez, es un cuento que recuerdo a menudo porque retrata, como sólo Benedetti puede hacerlo, esa magia que desprende cualquier reencuentro con una persona que quieres.
Descubrí lo fantástico de esos momentos cuando marché a estudiar a Salamanca. Descubrí por qué el anuncio de El Almendro en Navidad podía emocionarme y por qué los días de exámenes se hacían más llevaderos con la certeza de que, al acabar, me esperaba un baño en el mar y una dulce reprimenda al salir del agua con los dedos arrugados. Descubrí que nada sabe mejor que un esperado abrazo y que hay pocos placeres más gratificantes que retomar una conversación con un buen amigo como si nos hubiéramos visto ayer en lugar de hace nueve meses, un año, diez. Porque, como escribe Benedetti, “era lindo escucharla, pero era mejor sentirla tan cerca”.
Con los años, he llegado a tener la certeza de que aquellas personas que, de alguna manera, te tocan el alma, ya nunca se van. Porque podrán irse al otro lado del mundo, desaparecer como si se las hubiera tragado la tierra o salir de tu vida sin ni siquiera proponérselo, que cuando el azar o el destino, o como quieran llamarlo, las pone de nuevo en tu camino, sucede algo mágico. Y de repente sientes que ese momento no es más que el día siguiente de tu última conversación. Y te recorre de arriba abajo un cosquilleo al pensar que no, que no fue ayer, sino hace casi dos décadas. No importa. Es tan lindo volver a sentirlas cerca.
Tengo la suerte de haberme tropezado en mi vida con personas con un corazón tan grande que cabía alguien como yo, que me dejaron ver su alma mientras desnudaba la mía. Y nos quisimos tal como éramos, con nuestras imperfecciones, sin condiciones. Algunos los tengo a mano, otros hemos aprendido a hacer malabarismos para coincidir un ratito aunque sea a mil kilómetros de aquí, los menos se han ido sin dejar rastro, pero no dejo de llamarlos con el pensamiento. Porque sé que un día de estos, tal día como hoy, se tropezarán conmigo y me harán emocionar de nuevo al reconocernos en los ojos del otro. Y volveremos a sentir ese cosquilleo mágico al reencontrarnos y hablaremos como si no hubiera pasado el tiempo. Y volveremos a “cazar puentes, puentes como liebres, por los campos del tiempo que vivimos” (Pedro Salinas)