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Pávlov

Por @rondoscutillas

El Tenerife ha activado la tecla del cambio de entrenador. Ha tirado, como lo hizo Iván Pávlov a principios del siglo XX, del modelo estímulo-respuesta. Cada vez que este científico ruso le ponía la comida a su perro, hacía sonar una campana. Repitió esta ceremonia durante días y comprobó que, al final, el can era capaz de salivar nada más escuchar ese sonido, independientemente de que se le sirviese o no comida. Simplemente respondía a un estímulo determinado.

Los isleños han decidido variar el rumbo a falta de apenas cuatro jornadas y desde el convencimiento de que la continuidad de José Luis Oltra era una especie de muerte dulce. Con el entorno blanquiazul volcado, una vez más, en la siempre entretenida búsqueda de culpables y con la lista de sospechosos habituales en el orden que ya todos conocemos de memoria, el equipo se desangraba. Y tanto la dirección deportiva como el Consejo de Administración consideraron oportuno que se produjese el relevo antes de que los rivales que persiguen a los isleños en la clasificación terminasen adelantándolos.

Supongo que la llegada de Luis César Sampedro tiene más que ver con una posible reactivación del vestuario que con un criterio futbolístico. Me parece toda una utopía que un equipo que se ha comportado como un auténtico desastre en la mayoría de los partidos en los que fue tutelado por Joseba Etxeberria, primero, y por Oltra, después, sea ahora capaz de asumir un modelo de juego que subsane todas aquellas cosas de las que ha carecido durante todo el curso.

Llámenme escéptico si quieren. Pero, a mi juicio, el verdadero problema del Tenerife es que no ha sabido competir. Ni la temporada pasada. Ni en esta. Y no hablo de resultados, que también, sino de todos esos detalles que, en un deporte como el fútbol, terminan por decidir los encuentros. Me refiero a que cada jugador sea capaz de ganar los duelos directos que se le presentan, que no se pierdan tantos balones de manera absurda, e incluso no forzada, en zonas prohibidas. Y que los errores individuales, sean en defensa o en ataque, no terminen costando tantos puntos como lo han hecho.

La llegada de un nuevo técnico suele poner el contador a cero para la mayoría de los integrantes de un vestuario. Al menos es lo que nos dice el condicionamiento clásico de las leyes futbolísticas no escritas. Se sube la intensidad en los entrenamientos. Los que estaban sin opciones con el técnico anterior aprietan para salir al escaparate y los habituales se ven forzados a hacerlo aún más para no perder el estatus que ya se habían ganado.

Espero que la decisión del relevo en el banquillo haya sido acertada. Si no, no hace falta ser muy inteligente para saber cuál va a ser la consecuencia inmediata. En las piernas, cabeza y corazón de estos futbolistas está el reponer los problemas que han causado y sacar al club, de una vez por todas y con más hechos que palabras, de una situación que puede suponer la salida del fútbol profesional que tanto costó ganar cuando se produjo el anterior descenso a la Segunda División B.

Ojalá el estímulo aplicado desde las altas esferas de la entidad, en forma de nuevo técnico, funcione desde ya. Porque este año, por desgracia, nos hemos acostumbrado a consumir una historia tan repetitiva como peligrosa. Empieza el partido y sabes que, más temprano que tarde, encajarás un gol. A eso nos han familiarizado esta temporada, a una respuesta determinada ante un estímulo que, en este caso, es negativo.

Así que este sábado, por mucho técnico nuevo que esté contra el Elche, me sentaré temeroso ante el televisor. Escucharé el silbato inicial del árbitro y mi mente asociará, de manera inmediata, que el Tenerife se pondrá por debajo en el marcador. Luego sucederá o no. Pero yo este año me he sentido ya demasiadas veces como el dichoso perro de Pávlov.