Por @rondoscutillas
El CD Tenerife recibe mañana al Real Mallorca en el Heliodoro en uno de esos partidos que, como el último duelo como local contra el Girona, parece diseñado para probar qué es capaz de proponer este equipo futbolísticamente hablando. Los baleares, igual que hicieron los blanquiazules hace poco más de un mes, se encomendaron al relevo en el banquillo para intentar abandonar la dinámica negativa que los había domiciliado en la zona de descenso, de la que se encuentra ahora a dos puntos de distancia.
No es que la situación del Tenerife sea para tirar cohetes, ya que apenas tiene un punto más que los bermellones en la clasificación, pero sí que da la sensación de que Martí tiene el equipo que quiere un poco más cerca que Pepe Gálvez. Los locales, suceda lo que suceda, no acabarán la jornada en zona de descenso y esa tranquilidad debe evitar que vuelvan a aparecer algunos de los síntomas que han impedido que los blanquiazules consigan la victoria en el Heliodoro últimamente.
Alejarse del sufrimiento que provoca la cercanía con la frontera de los cuatro de abajo debe ser el objetivo inmediato para un Tenerife que parece olvidar, sobre todo cuando juega ante sus incondicionales, que para terminar de subir la escalera hay que empezar por el primer escalón. Felizmente, éste no es un partido de urgencias, pero sí un choque que debe servir para seguir creciendo desde la bonanza que da la pleamar de resultados que se ha producido desde la llegada de Martí al banquillo.
Mi duda es cómo se comportará el grupo ante el desafío que plantea la visita del Mallorca. ¿Veremos otra vez esa tendencia a esperar qué depara el partido? Me refiero a ese ‘todavía hay tiempo’ que, a veces, se adueña de unos jugadores que parecen confiados en que, bien la inercia de ser locales o alguna jugada puntual, atraerá el viento favorable para ganar. Si es así, habría que recordarles que, como sucedió ante el Girona, hay ocasiones en que ninguno de esos dos factores aparece y llega la precipitación del ‘quiero y no puedo’ por obtener el resultado deseado.
Curiosamente, esa sensación no se transmite cuando el partido no es como el de mañana y va en la categoría de ‘jugarse la vida’. Ahí sí se ha visto a los futbolistas salir como lobos, con ambición, sin perder un solo balón dividido y con un enorme derroche de esfuerzo solidario para corregir los posibles errores del compañero. Hasta el público se contagia de ese efecto, concienciado de que toca ayudar desde la grada. Entonces hay aplausos por casi todo y generosidad a la hora de perdonar fallos.
Por eso, me pregunto qué tipo de partido veremos mañana. ¿El que he descrito antes? ¿O el de querer meter el segundo gol antes que el primero? ¿El de los murmullos ante el primer despeje en largo? ¿El del público que se identifica con la entrega de los futbolistas o el del que pone el nivel de exigencia como si la plantilla del Tenerife estuviese repleta de virtuosos?
Quizá pueda ser el partido del milagro en el que, por primera vez esta temporada, le piten un penalti a favor al Tenerife. ¿O eso, después de 16 jornadas de este campeonato, es ya una utopía como que un año toque jugar una eliminatoria de Copa del Rey en casa?
Sinceramente, no lo sé. Por si acaso, jugadores, técnicos y aficionados haríamos bien en hacer nuestra una frase de Joyce Meyer que dice que la paciencia no es la habilidad de saber esperar, sino la de mantener la actitud correcta para hacer que las cosas sucedan.