por @juanjo_ramos
La paciencia y el fútbol son como el agua y el aceite: no se mezclan. Pedir en estos tiempos un poco de comprensión y algo de margen para que un equipo funcione como debe, alcanzando un nivel próximo al cien por cien de su potencial, es predicar en el desierto. Parto de esa base para argumentar mi análisis sobre la situación actual del CD Tenerife y su entorno.
Ha crecido en las últimas semanas dentro de la entidad blanquiazul una sensación de incomprensión. Creen que su buena actuación de la temporada pasada y el hecho de quedarse a un solo gol del ascenso a Primera debe revertirse en credibilidad, en confianza y en tiempo para hallar el rumbo adecuado. Entienden que fue a partir de enero cuando el Tenerife del curso pasado empezó a rendir a la altura de un candidato a dar el salto de categoría. Y que por tanto no es el momento de exigir hasta el punto de poner en duda a uno de los pilares básicos del proyecto: José Luis Martí. Solo en esto último estoy de acuerdo.
Pero olvidan en el Tenerife que esa condición, ganada a pulso, de candidato al ascenso obliga. Sí, obliga a ser competitivo desde el arranque del campeonato. Obliga a no dejarse puntos por el camino que luego se echan de menos en el momento del asalto a las dos primeras plazas. Y sobre todo obliga a ofrecer sensaciones parecidas a las del tramo final de la temporada anterior, aprovechando la continuidad y la experiencia, al tiempo que se salva el obstáculo real que supone la adaptación de las nuevas incorporaciones.
Creer que la afición blanquiazul (y los críticos) iban a tener la misma paciencia que el año pasado, cuando el Tenerife partió con uno de los cuatro peores presupuestos y sin un play off fallido en la memoria, es un error mayúsculo. Martí debe aprender a navegar en las procelosas aguas de la exigencia, a convivir con la incómoda presencia de las prisas, a subsistir sin ver nublado su juicio ante las críticas. Y por último ha de entender que no fue una predisposición de las masas blanquiazules lo que generó el ambiente mágico de los últimos meses del pasado ejercicio, sino más bien los resultados y hasta el nivel de juego ofrecido por los suyos.
En definitiva, en el fútbol actual no se puede esperar un ejercicio de fe. La única forma de aumentar el crédito y recibir el premio de la confianza es ganar. Como alternativa, se puede obtener paciencia (aunque no se gane) jugando bien. El Tenerife actual ha jugado bien algunos partidos (véase Osasuna) y y no ha sido criticado. Es decir, la crítica actual no se basa en el capricho.
Existen los injustos, los interesados, los desesperados y hasta los que no tienen ni idea. Pero no puede ser que metamos dentro del saco de estos grupos a la parte mayoritaria de la sufrida afición blanquiazul, que sigue creyendo en este equipo, pero a la que le preocupa su dubitativa trayectoria. Concluyo: jugando bien se gana tiempo y ganando partidos se convence. Huesca parece buen sitio para empezar a practicar y olvidar la teoría de la conspiración o las quejas por la falta de cariño.