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Orgullo de capitanes

Por @beatrizpalmero

Durante años hemos mantenido el eterno debate sobre la presencia o la ausencia de canteranos en el once blanquiazul. Desde el Tenerife “más canario” que hemos vivido recientemente, capitaneado por Álvaro Cervera (que llegó a alinear a nueve isleños en el once titular) al actual, en el que Ramis apenas tira de cantera cuando mueve piezas sobre el verde. Y la misma pregunta que sobrevuela siempre: ¿se siente uno más identificado o más orgulloso del equipo si hay paisanos en el once? Y yo siempre encuentro la misma respuesta: no. Uno se siente orgulloso de su equipo cuando juega bien, cuando gana, cuando remonta un partido a la épica… De hecho, nuestro Tenerife más glorioso, el de la UEFA, adolecía precisamente de falta de canariedad.

Y en estos años en los que los resultados no han acompañado la mayoría de las veces (salvo momentos puntuales en el tramo final con Baraja o en el casi ascenso de Martí) nos hemos sentido orgullosos del carácter que muchas veces ha mostrado el equipo, de esos arreones en el Heliodoro cuando parece que está todo perdido, de esos jugadores de raza que no dan un balón por perdido y a los que aplaudimos a rabiar. Suso Santana reunía esas cualidades y, además, era de aquí, lo tenía todo, así que lo convertimos en nuestra bandera y en nuestro símbolo. Y, en cierta forma, su ausencia parecía que nos había dejado huérfanos.

Pero no. Ha dejado al mando de la Capitanía a dos que ya conocíamos y a los que, en muchas veces, no elogiamos los suficiente. No han nacido en Canarias, pero no hace falta. Me representan, nos representan.

Hablo por supuesto de Aitor Sanz y de Carlos Ruiz. El mismo Shashoua reconocía asombrado tras el partido de Huesca en los micrófonos de Cope, que el defensa era un ejemplo para los jóvenes, “es increíble con… ¿36 años tiene? ¡38! Y siguiendo con 13 puntos, es un líder”. La exhibición de carácter del granadino durante el partido, erigiéndose en el jefe de la defensa pese la brecha en la cabeza, es de las que te ganan el corazón. Por supuesto, no ha sido la única. Pocas veces me alegré más de que un futbolista blanquiazul fuera protagonista de un derbi como en 2019, cuando ese mismo carácter propició la remontada ante los amarillos en el Heliodoro, con gol incluido. De Aitor podríamos decir tanto de lo mismo. Tras superar una grave lesión de la que muchos pensamos que no saldría, sigue siendo el pulmón del equipo.

Con jugadores como ellos no necesitamos mirar el DNI, ni para ver la fecha ni el lugar de nacimiento. Se entregan como chavales, corren como el más joven, a veces se equivocan, como todos, pero, qué quieren que les diga. Siempre en mi equipo. Son de esos jugadores que tienen que tener cabida en la plantilla hasta que realmente llegue alguien que demuestre que ya no tienen lugar en el once. Y luego, por favor, que al club no se le ocurra prescindir de ellos.  Ya sé que hay muchos que se han erigido en repartidores de carnés blanquiazules. Pero ni a Carlos ni a Aitor les hace falta. Tienen sangre blanquiazul, han demostrado con creces que hay jugadores que no necesitan ser isleños para representar estos colores con orgullo, para convertirse en símbolos de este club, para que sean ídolos de la afición, para ser dignos del brazalete de capitán. Cuando juegan son un ejemplo, cuando no, también, siempre remando a favor del equipo. Más jugadores como ellos, queridos directores deportivos, que con jugadores así es más fácil sacar pecho e inflarlo de orgullo. Haya o no resultados.