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Ódiame (4-11-14)

No vamos a descubrir ahora la controversia que genera la figura de Álvaro Cervera, un poco más apagada, como no, cuando han llegado los resultados. Es, sin duda, un entrenador que  no deja indiferente a nadie, lo que no deja de ser una virtud, porque la indiferencia es la ausencia misma de opinión o de sentimientos, es el vacío. Ya lo dice la canción “odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”.

Y así, Cervera es odiado o amado a partes iguales. Pero, como todo en la vida, nada es perfecto, ni lo bueno, ni lo malo. Todos nos equivocamos y acertamos en la vida. Y probablemente los errores son más importantes que los aciertos, porque de ellos se aprende. Es lo que llamamos experiencia. Cierto es que para los que le odian, ningún acierto parece ser mérito suyo, sino de otros, mientras que la autoría de los errores no deja lugar a duda alguna.

Y así, el ascenso a Segunda se logró porque con aquella plantilla en la categoría de bronce sólo se podía ser primero y ascender. El año pasado se logró la permanencia siete jornadas antes de que finalizara la liga, algo que en un principio habríamos firmado todos con los ojos cerrados, pero tampoco eso fue mérito de Cervera, sino de la explosión de Ayoze que sorprendió con su calidad a medio mundo. Debe ser que se alineó sólo, porque los que lo odian sólo recuerdan que en pretemporada Cervera quería que tuviera en otro equipo los minutos que creía que no iba a tener en casa, minutos que acabó por darle ante el espectacular crecimiento del chico, tan espectacular que a Ayoze se le quedó pronto pequeño este equipo, más pronto incluso de lo que él mismo seguramente pensaba. Esta temporada, empezó con debe el entrenador por las siete últimas jornadas, en las que, por supuesto, parece que jugó él y no los jugadores. Con una plantilla muy renovada y confeccionada muy tarde, hacía falta tiempo. Al técnico le costó encontrar la tecla, por varias razones: primero porque sustituir el vacío de Ayoze no era tarea fácil, segundo porque las lesiones no ayudaban, y tercero porque la exigencia había subido desproporcionadamente de nivel y a los jugadores también les afecta la presión ejercida brutalmente sobre el técnico. Y ahora, que por fin parece que el equipo muestra esa competitividad a la que nos tenía acostumbrado, tampoco es mérito suyo, por supuesto. Fue el Ruso García quien le indicó el camino. Me debí perder parte de la charla, porque no recuerdo que hablara de escorar a Ricardo a la derecha, de que Suso dejara de ser un extremo puro para moverse como segundo punta o de que Diego Ifrán trajera el gol que hacía falta. Pero, bueno, tampoco voy a dudar de que, en privado, el punta argentino, al que por cierto se le ha abierto la puerta de salida, convenciera al técnico de que repitiera alineación por primera vez en Segunda. Todo cabe dentro de lo posible.

También que el técnico se equivoque. Creo que este año pensó que podía abrir más el juego y, al final, se ha visto abocado a volver a lo que tan bien funcionó y que ahora parece más fácil con la pieza de Ifrán ya en su sitio. Creo que es muy visceral a la hora de tomar ciertas decisiones, especialmente si siente que alguien ha traicionado su confianza. Puede dar muchas oportunidades en el verde, pero si alguien le falla fuera de él no hay segunda oportunidad que valga. Podemos estar más o menos de acuerdo. Pero el vestuario lo maneja él, y así debe ser para que funcione. Nunca le ha temblado la mano para apartar la manzana que pueda traer el pecado. Quizá las aparta de manera brusca, sin mano izquierda, pero lo ha hecho siempre por lo que él cree que es el bien del grupo. Decía el filósofo Friedrich Nietzsche que “una alianza es más sólida si los aliados, más que conocerse mutuamente, creen los unos en los otros”.  Y en eso basa Cervera su método: él cree en los suyos, en la misma medida en la que los suyos deben creer en él. No cabe la indiferencia. Amor u odio.

Y así, vivimos en los extremos, dentro y fuera. Oscilando como las mareas en función de los resultados. Pero por encima del vaivén sólo veo una verdad: sus decisiones las toma basándose en lo que él cree mejor para el grupo. Son discutibles, desde luego; se puede equivocar, desde luego que también, pero, de momento, siempre ha acabado por tocar la nota correcta. Y qué quieren que les diga, todos amamos una victoria. Y mientras llegue, odiémosle, que ya saben que la indiferencia hace más daño.