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Nueve y dos

Por @rondoscutillas

El Tenerife sumó un punto con sabor a victoria ante el líder. Un empate épico, de esos que se recordarán dentro de muchos años en tertulias y barras de bar. Pero antes de la euforia y la catarsis vivida en el Heliodoro con el gol de Germán Sánchez, el tanto del cojo tras su choque con el portero visitante en la jugada previa, pasaron muchas cosas sobre el verde.

El equipo local sigue empeñado en vivir este curso a contracorriente. Un gol de libre directo, cuando el partido aún se desperezaba, puso el viento en contra demasiado pronto. Luego ni el Tenerife tuvo el mando, ni el Osasuna supo negociar su ventaja, aunque Roberto Torres estuvo a punto de repetir celebración con un disparo desde la frontal que repelió el poste y que pudo haber supuesto el 0-2.  De los blanquiazules hubo pocas noticias. Enredados en un trivote gemelo (Alberto, Vitolo y Aitor Sanz se parecen demasiado en sus características), sin demasiada profundidad por las bandas y con el recurso del pelotazo para solventar la presión de Osasuna en campo propio, el Tenerife vivió encadenado a la genialidad de Cristo González.

El de Añaza es de esos jugadores distintos, imprevisibles para el contrario y por los que merece la pena ir a ver un partido de fútbol. Lástima que Raúl Agné siga empeñado en mostrarlo a cuentagotas o que, como ayer, lo quite del terreno de juego cuando era lo más potable de su equipo. De Cristo partió el servicio que Omar Perdomo mandó a la red en el descuento del primer acto, mayor del habitual después de que Flaño le abriese una brecha a Dani Hernández al ir a disputar un balón aéreo con el guardameta blanquiazul.

Pero, cómo no, el Tenerife lleva implícito en su destino este ejercicio el más difícil todavía circense, así que Alberto dejó a su equipo con 10 nada más comenzar el segundo acto. Agné creyó oportuno modificar el decorado dando entrada a Jairo por Cristo González y su decisión fue el preludio del 1-2 que llegó también, cómo no esta temporada, a balón parado. Oier remató a placer un saque de esquina ejecutado por Roberto Torres, uno de esos futbolistas que da puntos a su equipo a balón parado. Tocaba remar otra vez ante la adversidad del criterio arbitral, del marcador y de Agné, que sigue castigando con sus decisiones a los que tienen más talento. Esto me lleva a pensar que el día que coincidan más de 30 minutos en el campo Cristo González y el argentino Tomás Martínez se alinearán no sé cuántos planetas, con varios millones de estrellas y otras pocas constelaciones.

Huérfano de fútbol, el Tenerife tiró de orgullo. Los mediocentros, convertidos ya en dúo sin Alberto, se liberaron más y pudo verse la mejor versión de Aitor Sanz, al que se vio más cómodo con espacios y un mayor radio de acción. Él y Vitolo se echaron el equipo a la espalda y el balón, paradójicamente, pasó más tiempo junto al área navarra que en la propia pese a la inferioridad numérica. Creció aún más el equipo local con el ‘Choco’ Lozano sobre el verde y el hondureño estuvo cerca de hacer el empate con un testarazo que salió junto al poste.

Luego llegó el golpe brutal sobre Nano y esos extraños criterios arbitrales por los que una acción en la que no pasa nada acaba en roja y otra que manda a un futbolista al hospital se salda con amarilla. El resto fue un milagro inolvidable y un premio a la fe. Dani Hernández hizo que Nino fallase lo que no suele fallar para hacer el 1-3 en un mano a mano y Germán, en el barullo de un córner en el 92, llevó el delirio a la grada al conseguir el empate cuando el Tenerife jugaba ya únicamente con nueve y un par de…eso, justo lo que están pensando.