Skip to main content Scroll Top

Nuevas Princesas (13-1-15)

Por @beatrizpalmero

Nunca me ha hecho demasiada gracia que un amigo, compañero o pareja me llamara ‘princesa’. Tal vez sólo es porque me trae recuerdos que quiero olvidar o porque descubrí pronto que la teoría que nos venden desde la infancia de que seremos princesas en nuestro propio cuento y que nos espera el príncipe azul para comer perdices es una falacia. El caso es que me parece un término cursi y, en ciertos aspectos, hasta un pelín machista, por aquello de perpetuar la idea de que sólo un príncipe nos traerá la felicidad. Llámenme exagerada, pero he luchado toda mi vida contra los roles que parecen imponernos desde pequeños en el que se separan las cosas entre las que son de chicas y las que son de chicos. De hecho mis juguetes favoritos eran los clicks de mi hermano que, por supuesto, aborrecía que tocara, y debo ser la única niña de mi generación que nunca tuvo una Barbie en propiedad, que para eso ya estaban las de mi hermana y las Darling que me regalaban a mí para que no hubiera peleas. De hecho, mi hermana y yo cambiamos un día, ya entrando en la adolescencia, el rosa insufrible de nuestro cuarto por el blanco y el azul celeste, que, por otra parte, aporta siempre más tranquilidad y serenidad que los colores cálidos.

Y si no hubiera luchado contra todos esos roles, no estaría aquí sentada, escribiendo esta columna, porque habría desistido de ejercer el periodismo deportivo que, aún hoy, sigue siendo cosa de chicos, aunque, afortunadamente, cada vez menos. Y como yo hay cientos, miles, decenas de miles de mujeres que luchan por llevar a cabo sus sueños en un ámbito, el deportivo, que hasta hace unas décadas era territorio exclusivo de hombres.

Y ahora, como ya escrito en alguna otra ocasión, los éxitos vienen del lado de las chicas. Antes eran más escasos. Recuerdo a la gimnasta Ana Bautista cuando era pequeña, porque fue casi la primera que consiguió un éxito internacional en las islas. Luego abrieron camino las chicas del Tenerife Marichal, que llegó a ser (y todavía es) el equipo más laureado de España en voley femenino. Fueron las primeras que nos hicieron soñar. Después de ellas vinieron, y vienen, otras muchas, pero lo cierto es que aquel club nos dejó cierto sabor dulce con tintes de nostalgia. Su herencia la recogió el Fígaro Haris, de manos del sobrino del recordado Quico Cabrera, David Martín, y, tengo que decirlo: Estas chicas nos han vuelto a emocionar.

He pasado un fin de semana maravilloso en Madrid, como una hincha más, junto a aficionados fieles de aquel CV Tenerife, viendo salir del capullo un proyecto lleno de ilusión. Y me ha impresionado el espíritu de lucha y de superación de estas chicas, desde una Patricia Suárez que vivió la última etapa del Marichal y que regresa ahora para demostrar todo lo que ha crecido, pasando por una Marina Dubinina que peleaba cada balón como si tuviera 20 años menos, sin olvidar a Nuria, Natalia,  Melody, Daysa, Natalia, Laura, Melania, Ana, Irene, Dania. Un grupo estupendo, de buena gente, que se ha dejado la piel para reescribir el significado de princesas, superándose a sí mismas en cada partido, en cada punto. Ellas deberían ser el modelo de los cuentos que nos enseñan de pequeñas. Porque ellas se han ganado el título por méritos propios, han escrito su propia historia. Y sin príncipe azul.