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Nostalgia

Por @rondoscutillas

El CD Tenerife homenajea esta semana a Javier Pérez. Para no incurrir en obviedades ni colocar adjetivos que la historia ya se ha encargado de otorgarle de manera voluntaria, le agradezco desde estas líneas lo que hizo mientras dirigió al Tenerife de nuestros amores. Los que ya tenemos más de 40 años fantaseábamos en el colegio con el día en que el FC Barcelona o el Real Madrid jugasen en el Heliodoro. La niñez de los de mi generación transcurrió con los blanquiazules en Segunda B con algún ascenso, muchos problemas económicos que originaron incluso alguna huelga y, sobre todo, con la resignación de que éramos un club sin casi ninguna posibilidad real de crecimiento.

La Segunda División fue la Gran Muralla China para el tinerfeñismo durante aquellos años, así que nos encomendábamos al sorteo de Copa del Rey (que antes no tocaba siempre fuera como ahora, por cierto) para ver si sonaba la flauta y veíamos a algún Primera por el estadio. Desconozco cómo fueron los primeros pasos de Pérez al frente del club, pero sí recuerdo que a su alrededor todo sonaba a esperanza y a soluciones imaginativas con las que salir adelante. Desde patrocinios individuales en las camisetas durante los partidos de casa a gestiones de contratos televisivos que hicieron que la isla fuese una de las capitales del fútbol nacional.

Pérez hizo crecer al Tenerife hasta donde nadie imaginó jamás y, también, conoció el fracaso cuando aquel sueño se rompió. Ahora que ha pasado tiempo suficiente como para valorar todo con una mayor perspectiva, ahora que mirar por el retrovisor de la memoria selectiva solo nos devuelve buenos recuerdos de los años felices, nos preguntamos, como ya apuntó mi compañera Beatriz Palmero en su columna de esta semana, ¿cuándo nos volverá a pasar algo parecido otra vez?

Jorge Valdano y Felipe Miñambres estuvieron el miércoles en el Auditorio y nos regalaron un rato inolvidable. Ambos, como Javier Pérez, son historia del Tenerife. Y durante las dos horas que duró ese partido especial, moderado por la añorada Mayte Castro, viajamos a través de vivencias épicas, vocablos y conceptos sobre los que se edificaron los mejores años de esta entidad: una idea futbolística que cautive a la grada, una propuesta con identidad propia, atrevimiento ante las dificultades, coraje para salvar los malos momentos, una familia dentro del vestuario y, sobre todo, unidad y apoyo de todo el entorno en aras del bien común.

Quizá algún día, ojalá más pronto que tarde, alguien se atreva a rescatar otra vez esos valores del océano de conformismo por el que navega la entidad últimamente. Pero esa transición debe hacerse sin la ansiedad actual. Un proyecto sólido se genera con más paciencia de la que hubo el pasado domingo con una plantilla joven que, si es capaz de conservar su columna vertebral, puede dar muchas alegrías a medio plazo. Estoy convencido de que se está en el buen camino pese a que los dos puntos sobre seis posibles del doble desafío en el Heliodoro, ante Córdoba y Girona, no fueron la pista de despegue imaginada.

Sé que, posiblemente, vivo en el lugar del mundo en el que somos más proclives a pasar de la nada al todo y viceversa. Pero, personalmente, no albergo dudas ni sospechas. Este Tenerife tiene un buen grupo, al fin un cuerpo técnico prometedor e ilusionante y también futbolistas para competir e ir cumpliendo metas paso a paso. Ahora que muchos solo ven arrugas de incertidumbre en el uniforme blanquiazul, soy de los que pienso que cada vez queda menos para dejar de vestir la camiseta de la nostalgia por lo que fuimos y ya no somos.