Por @Javier_Rabanal
Cuando llevas un tiempo dedicado al fútbol ya sea desde la perspectiva de un jugador, la de un entrenador o ambas, todo se hace de una manera cíclica y natural. A los días de programación siguen las sesiones de entrenamiento de cara a preparar el partido y después de disputado el encuentro, descanso y vuelta a empezar.
Nadie tiene en cuenta por lo general todas las cosas que rodean a los días de entrenamiento y rara vez un profesional o semiprofesional valorará como meritorio el hecho de hacer la compra, llegar al estadio o campo de entrenamiento, pagar el agua o la luz o un sinfín de tareas propias del día a día más mundano.
Pero, ¿qué ocurre si lo común se vuelve extraordinario y lo sencillo se hace complejo? Mi caso es uno más de los muchos que se conocen de entrenadores españoles que emigran a otro país buscando una oportunidad laboral difícil de encontrar en nuestro entorno.
Desde el momento en el que el representante te pasa la primera oferta y comienzan las conversaciones para marcharte fuera la palabra tranquilidad desaparece de manera inmediata. ¿Qué me voy a encontrar en China? ¿Cómo será la vivienda? ¿Y el entorno de la misma? ¿El transporte público estará en inglés? ¿Los taxistas hablan sólo chino?
Las preguntas se agolpan y la información sobre las respuestas no es del todo tranquilizadora. Toca hacer la maleta, despedirse de la familia y amigos. La suerte está echada, no vale volverse atrás.
Más de 30 horas dedicadas a llegar a una ciudad que en mi caso no es conocida, Changsha. En el Google Maps poca información, imprecisa e incluso desactualizada. No parece que haya grandes zonas comerciales o restaurantes occidentales en los que encontrar “un apoyo” en los momentos de flaqueza.
Llegar cerca de medianoche al aeropuerto de destino después de tres vuelos y encontrar a las personas que te tienen que ir a buscar es un momento de nervios. Sonrientes y orgullosos de que hayas elegido trabajar en su academia te reciben con cariño. Primer destino, el hotel. A descansar.
Los primeros días son totalmente irreales. Alguien del club te lleva y te trae, te recoge y se comunica por ti. Reconocimiento médico, restaurante y al estadio que la primera tarde ya se entrena. Poco tiempo para ponerse nervioso y la primera duda está resuelta: no está todo en Internet. La ciudad es espectacular y llena de vida comercial.
Después de instalarte en el piso que te ha conseguido el club llega la realidad. El personal te ha explicado todo lo necesario y sigue estando disponible pero sólo en caso de urgencia. ¿Y ahora?
La nevera está vacía, y en el piso hay poco más de lo básico para subsistir. En mi caso una avería en la calefacción y eso, con el exterior cerca de los 0ºC, es mucho decir. Nada que no resuelva una buena manta y al levantarse la ropa de abrigo. Resuelto todo al día siguiente.
Las calles cercanas son un buen banco de pruebas para las primeras horas libres antes de ir a las oficinas. A pocas calles del piso hay un Walmart norteamericano. Es como un Carrefour, que también hay varios en la ciudad, y tiene de todo. Aún así no es fácil.
Con el paso de los días vas consiguiendo pequeños logros como coger el transporte público hacia sitios desconocidos, hacer una compra adecuada u otras cosas que de una manera indirecta te acercan a casa.
Lo que está claro es que con el paso de las semanas hay aspectos que ya se hacen naturales pero en otros la situación no mejora. La comunicación es escasa en la propia ciudad y la que tienes con los seres queridos es más virtual que real. Oscurece pronto y sin que el sitio sea para nada peligroso las tardes se pasan en el piso después de las sesiones de la tarde. La soledad aprieta y lo extraño del lugar no ayuda.
Desde mi punto de vista una mentalidad de subsistencia básica las primeras semanas resulta muy útil. Si tienes donde descansar, sitios donde comprar alimentos, sabes ir a trabajar y volver al piso y además tienes Internet puedes comenzar la aventura. Luego vendrán los rincones donde ir a comer una cosa u otra, sentarte a leer un buen libro, tomar un café e incluso ese cine que tiene una sala en inglés. Pero desde luego que, si la mentalidad de adaptarse al entorno no premia, el fracaso en lo personal y la vuelta a casa están servidos.