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No se apellida Miñambres, pero casi

Por Fernando Sánchez
Un astorgano de 21 años con El Molinón a sus pies; un madrileño con el brazalete carbayón bien ajustado, recién cumplidos los 25. Los clubes señeros del fútbol asturiano vieron, con dos décadas de diferencia, como sus jugadores de referencia hacían las maletas con dirección a Tenerife, el primero acogiéndose al decreto 1006/85 tras una de las primeras jugadas maestras de Santiago Llorente al frente de la secretaría técnica del conjunto blanquiazul, mientras el centrocampista ovetense, tras otra intentona fallida para alcanzar el fútbol profesional, decidía utilizar su carta de libertad para vestirse de corto en Segunda División con un recién ascendido.
Felipe Miñambres y Aitor Sanz, con prácticamente dos décadas de diferencia en sus respectivas trayectorias profesionales, parecen ir recorriendo los mismos trazos del rectángulo de juego a medida que el mediocentro de Guadalix ha ido prolongando su idilio con la elástica chicharrera. Es cierto que sus períodos en el representativo distan notablemente en cuanto a la situación deportiva y objetivos competitivos de la institución, pero tras el ansiado anuncio de la renovación, por espacio de dos temporadas, de Aitor Sanz, resulta difícil no establecer un emotivo paralelismo entre ambos futbolistas, probablemente los mayores ejemplos de compromiso y profesionalidad con el CD Tenerife en los últimos 30 años de entre cientos de deportistas que han vestido la camiseta tinerfeñista sin haber nacido en las islas.
Para quien no recuerda, por edad o pura demencia balompédica, al Maragato basta recordar como la prolongación, curso tras curso, de su alianza con el club birria no era siquiera noticia, a pesar de que todos los veranos, más aún tras su participación en el Mundial de Estados Unidos 94, su apellido se asociaba a los clubes más destacados del panorama nacional, con especial insistencia por parte del ambicioso Super Depor de Lendoiro. Ningún canto de sirena despistó al 10 del Tenerife de liderar de manera discreta el crecimiento del club, de la misma manera que ningún problema, de tantos que hubo a medida que nos acercábamos al presente siglo, le hizo desistir de intentar salvar al club del descenso a la categoría de Plata llegando al punto, a falta de ocho jornadas en la aciaga temporada 98/99, de retirarse de manera tan silenciosa como la que llegó para intentar comandar desde el banquillo, junto al recordado Robi, a sus compañeros frente a la tormenta clasificatoria que, desgraciadamente, les hizo encallar, salvo dos contadas excepciones, en el segundo peldaño del fúbol nacional.
Aitor Sanz no es Felipe Miñambres. Ni falta que le hace. Desde la Real Sociedad en pugna por puestos europeos hace cuatro ejercicios hasta, prácticamente ayer, el aspirante Cádiz a devolver la Tacita de Plata a la bandeja de oro de Primera, las ofertas para que el madrileño hiciera las maletas de vuelta a la península no han cejado y, aún así, el volante madrileño continuará, salvo pirueta improbable del destino, en el representativo hasta su retirada, contando nueve temporadas a sus espaldas, como mínimo. Siendo lo que en su día fue el mediapunta astorgano, esa lampara que todo conjunto ansía a sabiendas que profesionales de esa índole son los que construyen, a su alrededor, equipo, el 6 tinerfeñista le va a la zaga para orgullo del Heliodoro. Estadísticamente es posible que no lideren ranking, pero sin duda lo hacen, de la primera a la última jornada, en el vestuario y en el terreno de juego.
El CD Tenerife de esta década que va finalizando no es, ni por asomo, la escuadra que asombró al resto del país en la última del siglo pasado, pero cuenta con la enorme fortuna de seguir atrayendo jugadores que, casi desde que pisan el terrreno de juego, se sabe que van a ser historia de la institución. Y, en eso, Aitor Sanz quizás no sea Felipe Miñambres, pero casi.