Por @beatrizpalmero
No he podido resistirme. He sucumbido como todos los aficionados blanquiazules. Se viene el regreso de Nino e, inevitablemente, nos asaltan los recuerdos, la nostalgia, el cariño. Será, con dice la canción, que “cualquier tiempo pasado nos parece mejor”, pero no estoy muy convencida de que volver la vista atrás sea bueno a veces porque, en casos como estos, la tentación de quedarse instalado en los recuerdos es grande.
Nino es uno de los estandartes del último Tenerife grande que conocimos. Casi una treintena de goles, una profesionalidad intachable y un ascenso a Primera de esos que se disfrutan, con goles, juego, alegría. Nino conseguía levantarnos de nuestro asiento, ponernos en vilo, sólo corriendo a presionar a un defensa un tanto lento. Lo vimos muchas veces robar, dar una asistencia o, mejor aún, salir disparado hacia el portero para fusilarlo sin demasiadas florituras. No es un delantero de regates o genialidades. Es un delantero de raza, de precisión, de pillería. Cómo no echarle de menos. Después de él sólo nos ha deslumbrado Ayoze y nos duró poco. Choco Lozano nos está conquistando, pero aún es pronto para saber que en un futuro recordarlo nos hará suspirar como hace Nino.
Imposible no encariñarse con un futbolista así. Aun siendo un jugador celoso de su intimidad, muy familiar, reacio a ejercer el papel de estrella en los medios, incluso huidizo para los compañeros de la prensa a los que atendía por pura obligación, desprende una sencillez y una cercanía que atrapa. Siempre correcto, siempre competitivo, siempre en busca del gol. Es el futbolista que todo entrenador, todo aficionado, todo futbolista querría tener en su equipo.
Pero está en el del rival. Y eso nunca hace gracia. Sabemos cómo se las gasta. El Osasuna llega líder como equipo menos goleado de la categoría y con una hornada de jóvenes canteranos que no tienen nada que perder y que hace recordar, y mucho, al Sporting del año pasado. Disfrutaremos mucho del equipo navarro este año, pero este domingo quiero disfrutar del mío, como en los viejos tiempos. Dejar de sufrir y ser ese equipo que nos deleita y que marca goles. Ilusionarme.
Ya lo dije antes. A veces no es bueno instalarse en los recuerdos. Mejor salir del desván.