Redacción Deporpress | Esta vez no cambió el dibujo José Luis Martí, pero cambió los actores. El vértice inferior del rombo fue Alberto, un claro mensaje conservador para los suyos. Luis Milla, el iniciador buscado en el mercado de invierno, quedó apostado en la banda izquierda. Lejos del origen del juego, el madrileño solo tuvo apariciones esporádicas en la primera parte. Fueron, eso sí, las mejores de su equipo. Se nota que no anda viciado con ese aire desconfianza que sufren sus compañeros.
La apuesta, que había anunciado con un claro guiño en rueda de prensa al hablar de solidez y portería a cero, de un paso atrás para crecer desde el colectivo y las ayudas, recibió dos mazazos en los dos primeros disparos del Granada. Ambos desde lejísimos y sin respuesta acertada de Dani Hernández. Con dos a cero pareció acabarse el partido. Fue un quiero y no puedo del Tenerife, que nadó en su propio desorden hasta que Martí se decidió a hacer cambios al descanso. Por momentos, hasta seis futbolistas actuaron fuera de su demarcación natural. Un claro ejemplo del viaje con destino incierto que parece haber emprendido el todavía técnico blanquiazul.
Cuando logró darle cierto orden a aquel potaje, llegó el 2-1. Fue a balón parado, cierto. No fruto del empuje y la claridad de su fútbol. Pero al menos, dentro de la situación, había logrado meter al Granada en su campo. Con la expulsión de Peña se había acrecentado ese control y el 2-2 estuvo a un paso. Lo merecieron los blanquiazules.
Pero en el fútbol no se trata (solo) de merecer las cosas, sino de hacerlas realidad. El Tenerife no tiene derecho en estos momentos a lamentar su mala suerte ni a agarrarse al compromiso. Está obligado a hacer algo como club para que la temporada no se termine de ir por el sumidero.