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Nano, por @ivanvillanua

Nano será un gran futbolista si él quiere. Tiene velocidad y no duda demasiado cuando encara la portería. Con eso le basta dentro del campo. Fuera de él, su paso por Hospitalet (donde se dejó el corazón y hasta la cabeza en alguna ocasión), ha sido una bendición. No porque en esa zona hiciera demasiado frío, sino porque la soledad del canario más allá de su tierra te da dos opciones: hacerte mejor y más fuerte o hundirte como futbolista. Nano optó por la primera vía. Y la combinación, por lo tanto, es indudablemente positiva.

Posiblemente si a usted o a mi nos hubieran preguntado quién de los dos tendrían más protagonismo en la competición (entre Cristo y Nano), hubiéramos pensado que el primero. Pero el paso del tiempo nos ha quitado la razón. O mejor dicho: se la ha dado a quien más la ha merecido. Para ser una estrella del balón hay que saber de dónde vienes, hacia dónde quieres ir y por qué sueñas con mantenerte. Y en esa ruta dejas muchas cosas atrás. La infancia, a muchos que no son tan amigos y las malas costumbres. Cuidarse, escuchar a los entrenadores, apoyarte en tus compañeros que te dan consejos para que seas mejor y apartar las extravagancias deben ser mandamientos eternos. Reglas de oro que Nano se ha tatuado en la piel y que, cada mañana, repasa para llegar a ser uno más de la élite.

No conozco a Nano de nada. La única que vez que lo he visto en persona fue en una tienda de un buen amigo común. Tipo callado con quien no conoce, buen amigo entre los suyos pero que a mi personalmente me ha ganado por haber tenido los webs de salir fuera para crecer y regresar con la planta suficiente como para darnos tardes inolvidables de fútbol. No sé cuánto durará por Tenerife. Pero si en algún momento recala en un grande, cuando lo veamos con otra camiseta podremos decir con la boca bien grande «qué gran profesional es». El mejor piropo que podemos otorgarle a un pibe que se ha partido la cara (literal), partido a partido para poder disfrutar sobre un terreno de juego.