Escribo estas líneas a pocas horas de conocer la identidad del poseedor de la Liga en Primera División. El destino y el mal abril del Barcelona han puesto otra vez las dosis de suspense necesarias para el desenlace soñado por cualquier guionista. Emoción hasta la última jornada y dos aspirantes, los de siempre por cierto, disputándose el título después de que el purasangre del Atlético descabalgase antes del sprint en la recta final.
El fútbol es el deporte más caprichoso que conozco. En baloncesto, balonmano, voleibol o tenis, por poner solo algunos ejemplos, suele ganar el mejor casi siempre. Todas estas disciplinas tienen también su correspondiente ración de sorpresa de vez en cuando, pero ninguno es como el fútbol cuando se empeña en dar giros inesperados y golpes de efecto.
Y esa capacidad para transformar lo que parece escrito bajo el bolígrafo de la lógica en un cuento de hadas o una pesadilla de terror, casi a partes iguales, es lo que convierte al fútbol en el fenómeno de masas que fue, es y seguirá siendo. Sirva como ejemplo el del Leicester, un recién ascendido que es capaz de conquistar la Premier ante equipos de mucho mayor potencial económico y de un pedigrí incuestionable. Nadie hubiese dado un euro de su bolsillo por el equipo de Ranieri en julio del año pasado para ganar el título y, nueve meses después, han esculpido una bella historia sometiendo a los históricos del balompié británico.
Confieso que su hazaña me reconfortó y, aún desconociendo su historia, seguramente hizo justicia a muchos años de trabajo incansable y tropezones dolorosos. Su afición ha recibido el mayor obsequio que tiene quien sigue con lealtad unos colores desde niño o se engancha a ellos al sentirse identificado por un determinado estilo futbolístico o un jugador en particular.
Luego está el placer de ver caer al poderoso. De contemplar que el dinero no es capaz de conseguir todo. El David que derrota a Goliat o el himno sabandeño de ‘el grande perdió y el chico ganó’ aplicado al fútbol. Sí. Es una gozada ser de un equipo menor y llevarse una alegría así. Ser del Madrid o el Barça equivale a festejar cosas grandes casi siempre. Pero la norma de la victoria por costumbre y la obligación de ganarlo todo cada año no convertirá jamás sus títulos en una proeza como la del Leicester.
En esta isla vivimos varios ejemplos de eso. A una dimensión mucho menor, pero también nuestro Tenerife está en la historia por derecho propio. Quizá sea porque las emociones se multiplican durante la niñez o la adolescencia, pero el ascenso de aquel equipo de leyenda de Joanet me recuerda un poco a lo conseguido por el Leicester. Un grupo humilde, un bloque que cree en una idea, la mezcla de talento y el hambre por superarse y alcanzar la gloria deportiva son los ingredientes necesarios para cocinar una gesta inolvidable. Como la de las dos Ligas que se dejó aquí el Madrid con Valdano. Como también lo fue la de aquel grupo de Benítez que subió a Primera en una Segunda en la que estaban, a la vez, Sevilla, Betis y Atlético.
Todos ellos son sueños blanquiazules ya un poco lejanos. Pero en el Tenerife actual reconozco algunos rasgos que presagian algo grande otra vez. No sé cuánto tardará en llegar la alegría que todos esperamos. Ni si personajes como Valdés Aller se encargarán de retrasarla aún más equivocándose a sabiendas en un penalti que vio y no pitó porque no le dio la gana. Solo sé que este Tenerife ha demostrado de sobra su capacidad de lucha y que yo soy uno de esos tipos que sigue creyendo en los milagros.